sábado, 6 de agosto de 2016

Plutarco

Dichosos los que obedecen los sabios preceptos que salen de unos prudentes labios.
Comúnmente sucede a todos los hombres justos y virtuosos que gozan de mayor alabanza a la postre después de su muerte, porque la envidia no sobrevive mucho tiempo y aun a veces se extingue durante su vida.
Es celebrada aquella ley de Solón que prohibía tachar la fama de los muertos, porque es muy debido reputar por sagrados a los difuntos, justo no insultar a los que ya no existen.
Las leyes deben hacerse sobre lo posible. Acomodando antes las leyes a las cosas que estas a las leyes.
Viendo sujeta la vida a tan diversas fortunas no nos deja engreírnos con los bienes presentes, ni admirar en el hombre una felicidad que puede tener mudanza con el tiempo, porque cada uno tiene sobre si un porvenir muy vario, por lo mismo que es incierto.
La felicidad del que todavía está vivo y sujeto a riesgos, es insegura y falible.
El hombre político ha de ser tornátil, y cada cosa la ha de tomar por donde presente mejor asidero.
Muchas veces con la pérdida de una parte salvó el todo y con desprenderse de lo poco tuvo suerte en lo mucho.
El confiar es el principio del vencimiento.
Lo mejor es siempre irse con tiento y guardarse de los extremos.
Razón tendrá nuestra alma para reprender a aquellos que abusan de oír y escudriñar cosas que no merecen ninguna atención, descuidando las que son loables y provechosas.
La agilidad y prontitud en las obras no les da ni solidez duradera, ni la gracia de estar bien acabadas, y por el contrario el tiempo y trabajo que se gastan en la ejecución se recompensan con la firmeza y permanencia.
La oratoria tiene el poder de cautivar las almas.
El modo de que no yerres es que esperes el consejo más sabio que es el tiempo.
Dios da la dicha a los hombres por medio de la virtud y la prudencia.
No cometer yerros en los grandes negocios es cosa muy superior a las fuerzas humanas pero que el que erró aproveche la lección de sus escarmientos para lo sucesivo.
Nada hay que deshonre cuando media la necesidad.
Es propio de un buen general no limitar sus miras a lo presente, sino conjeturar con acierto sobre lo futuro.
En un general igual falta es caer en un daño que no esperaba que perder por desconfianza la ocasión de una victoria.
La ignorancia es la que ora da y ora quita la resolución.
¿No te fías, oh Alcibíades, en la patria? Y él respondió: en todo lo demás sí, pero cuando se trata de mi vida ni en mi madre.
Lo dócil y suave debe sobresalir en las virtudes políticas.
Al que ha de tomar parte en los negocios públicos y conversar sobre ellos con otros hombres le conviene ante todo huir de la arrogancia, compañera inseparable de la falta de trato y abrazar la paciencia.
Hacen mejor la guerra los que conocen las cosas de los enemigos que los que la ignoran.
No es justo en ninguna manera que el que no tira al blanco lleve el premio, ni que venza el que nos resiste, ni que salga bien el que nada hace.
Estando siempre atentos a lo futuro, para ver qué fin preparar el hado a cada uno de vosotros.
La mayor parte de los hombres o no usan de las riquezas por avaricia o abusan por desarreglo, y así como estos se ve que son esclavos del regalo y los deleites, aquellos lo son de la vigilancia y el cuidado.
Cada cosa parece después de hecha que no debió costar trabajo, ni dificultad.
La dote mayor de un general es el prevenir y antever los designios de los enemigos.
La palabra lo vence todo e iguala en fuerza al enemigo hacer.

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