El hombre extiende sus conocimientos y su acción a medida
que descubre el orden natural de las cosas ayudado por la observación y la
reflexión.
Solo podemos vencer la naturaleza obedeciéndola.
Sería insensato creer que lo que no se hizo aún puede
hacerse sin recurrir a medios que no pusimos en práctica.
Los principios obtenidos de los hechos particulares con
orden y método conducen fácilmente a nuevos hechos particulares.
¿De dónde se deducen los principios que nos sirven de base
hoy? De un puñado de pequeñas experiencias de muy reducido número de hechos muy
familiares, de observaciones triviales.
Si por casualidad se presenta súbitamente algún hecho
contradictorio no percibido anteriormente, salvamos el principio valiéndonos de
alguna distinción frívola, cuando lo que precisaba hacer es corregir ante todo
el principio mismo.
Precisa volver a empezar todo el edificio desde sus
cimientos, si no queremos girar eternamente en el mismo círculo, avanzando tan
solo unas pulgadas.
Solo queda un método muy sencillo, consiste en conducir a
los hombres hasta los hechos para que sigan su orden y encadenamiento, más
precisa que, por su parte, se imponga la ley de abjurar durante algún tiempo de
sus nociones y se familiaricen con los hechos en sí.
Los fantasmas o falsas nociones que arraigaron en el entendimiento
humano no solo obsesionan las inteligencias de modo que la virtud haya
obstáculo para ver la luz, sino que una vez abierto el camino acudirán
nuevamente provocando nuevo obstáculo, sino se advierte a los hombres
desconfíen y tomen toda clase de precauciones contra ellos.
El entendimiento humano se inclina en exceso a suponer en
las cosas más uniformidad, orden y regularidad que la existente de ellas de
cierto, y aunque en la naturaleza haya infinidad de cosas extremadamente
diferentes a todas las demás y únicas en su especie, no deja de imaginar
paralelismos, analogías, correspondencias y relaciones que no tiene realidad
alguna.
Una vez familiarizado el entendimiento con ciertas ideas que
le agradan, por ser generalmente aceptadas, por ser agradables en sí, se
adhiere a ellas, con obstinación, queriendo que todo concierte con ellas, los
hechos que contradicen las opiniones favoritas surgen inútilmente en profusión,
sin poder conmoverlas en su espíritu.
No permite jamás se mire sin respeto esas primeras máximas
que compuso, sagradas e inviolables para él, especie de prejuicios que tiene
las más perniciosas consecuencias.
La ilusión propia, inherente a la inteligencia humana,
consiste en afectarse y excitarse por las pruebas afirmativas más que por las
negativas, aunque según los principios de la justa razón, debiera someterse
igualmente a todas ellas, ponderándolas con el mismo cuidado.
Hasta podemos considerar cierto lo contrario, cuando se
trata de establecer o comprobar en principio que el ejemplo negativo pesa mucho
más.
El entendimiento humano, en virtud de su naturaleza propia y
particular, siente inclinación a las abstracciones, siendo propicio considerar
constante e inmutable lo pasajero.
La diferencia más característica y notable observada entre
las inteligencias es esta. Unas tienen más fuerza y aptitud para observar las
diferencias de las cosas, otras para discernir sus analogías.
Hay dos caminos o métodos para descubrir la verdad. Uno que
parte de las sensaciones y de los hechos particulares y se lanza impetuosamente
sobre los principios más generales.
El otro parte también de las sensaciones y hechos
particulares, pero elevándose lentamente, sigue marcha gradual y, sin saltar
ningún grado, llega muy tarde a las proposiciones más generales, este último
método es el cierto.
La mejor de todas las demostraciones es sin duda la
experiencia, con tal de que os atengamos al hecho que tenemos a la vista,
porque si al apresurarnos a aplicar los resultados de las primeras
observaciones a los sujetos que parecen análogos a los observados, no
efectuamos la aplicación con cierto orden y método, nada hay en el mundo más
ilusorio.
Es imposible seguir camino recto en la marcha cuando la meta
está mal situada y mal determinada su término.
¿Cuál es la verdadera meta de las ciencias y su verdadero
fin? Enriquecer la vida humana con descubrimientos reales, es decir, nuevos
medios.
Entre los obstáculos que impiden al hombre lanzarse a nuevas
empresas en las ciencias, aplicándolas a cosa nuevas, el más poderoso es la
facilidad con que se desespera en cuanto al éxito, suponiendo la imposibilidad
de todo descubrimiento importante, porque los juiciosos y severos carecen de
confianza y aliento en este punto.
Cuando surge algún mortal que siente su fuerza, osando
prometer granes cosas o esperarlas en silencio, su generoso atrevimiento es
tachado de presunción atribuyéndolo a falta de madurez.
Esa especie de prudencia por la cual se gobierna
ordinariamente los negocios, ciencia que erige en normal la desconfianza y que
supone siempre lo peor en cuanto a las cosas humanas.
El poderoso motivo de esperanza originado en el conocimiento
de los errores del pasado y las inútiles tentativas.
Lo que para vosotros es aflicción y desesperación, cuando
dirigís la mirada al pasado se trocará en motivo de consuelo y esperanza tan
pronto lo dirigís al porvenir.
Las evidentes desventuras que sufrís no podéis atribuirlas
únicamente a la fuerza de las cosas y al irresistible ascendiente de las
circunstancias teniendo que imputarlas a vuestras propias faltas, esta
consideración debe colmaros de confianza y alimentar vuestra esperanza, porque
evitando esas faltas o reparándolas os elevareis al estado de esplendor y
fortaleza que perdisteis.
La dificultad no está en las cosas, no depende de causas que
no podemos intervenir, sino solo en el entendimiento humano, inconveniente que
tiene remedio.
No ha surgido aun mortal de inteligencia firme y constante
que se imponga la ley de borrar de su memoria las teorías y nociones comunes
para comenzar de nuevo y aplicar a los hechos particulares su entendimiento
limpio, raso, por así decirlo.
De los hechos ascenderemos hasta los axiomas, descendiendo
luego de estos a la práctica. No obstante, precisa guardarse de permitir que el
entendimiento salte, vuele de los hechos particulares a los axiomas más
lejanos.
Lo que hay que procurar al entendimiento no son alas, sino
plomo, un peso que la contenga, e impida emprender impetuoso vuelo hasta los
principios más elevados.
La inducción que procede por vía de simple enumeración no
pasa de método pueril que solo conduce a conclusiones precarias, que corre los
mayores riesgos de parte del primer ejemplo contradictorio que pueda
presentarse, en general, decide de acuerdo con reducidísimo número de hechos.
Mas la forma de inducción verdaderamente útil analiza las
operaciones de la naturaleza, selecciona las observaciones y experiencias,
desglosando de la masa, mediante exclusiones, luego tras haber establecido
suficiente número de proposiciones, se estaciona finalmente en las afirmativas,
ateniéndose a ellas.
Al explorar un axioma disponemos de una especie de prueba a
la que hay que someterse, precisa ver si el axioma que establecemos se ajusta a
la medida de los hechos de que se obtiene.
No hay razón para negar que la naturaleza encierre en su
seno infinidad de secretos que no tienen analogía con las propiedades
conocidas, que están muy alejadas de los caminos que recorre la imaginación.
El hombre ha hecho hasta ahora cortísimas pausas en la
experiencia, rozándolas solamente, perdiendo infinito tiempo en simples
meditaciones y en puras operaciones de su inteligencia.
¿Cuál es mi objeto en el fondo? Trazar en el entendimiento
humanos una copia del universo, mas tal cual es, no como lo imagina este o
aquel, según lo que le siguiere su propia y sola razón. Pero ese objeto es
imposible de alcanzar si no sabemos analizar el universo, disecarlo, por
decirlo así.
El método de investigación e invención de los antiguos era
esta: de cierto número de ejemplos y hechos particulares con lo que mesclaban
algunas nociones corrientes y quizás algunas de las opiniones aceptadas, se
lanzaban de un solo vuelo hasta las conclusiones más generales y luego
consideraban aquellos principios como verdades fijas e inmutables.
Finalmente, si chocaban con algunos ejemplos o hechos
particulares que pugnaban con sus aciertos resolvían la dificultad mediante
ciertos distingos explicando sus reglas o descartando esos hechos como algunas
toscas excepciones.
Su prontitud en lanzarse sobre los principios más generales
fue precisamente la causa de su fracaso.
Poner fin al desaliento, el más poderoso obstáculo entre
cuantos se oponen al progreso de la ciencia.
La verdadera ciencia es la basada en el conocimiento de las
causas.
Lo más útil en la práctica es lo más cierto en la teoría.
Las indicaciones que deben dirigirnos en la interpretación
de la naturaleza comprende dos partes. El fin de la primera es deducir o
extraer los axiomas de la experiencia. El de la segunda es deducir y derivar
nuevas experiencias de dichos axiomas.
Lo primero que hay que poseer es una historia natural y
experimental bien escogida y bastante completa, por ser la verdadera base de
todo el edificio, porque no se trata en esto de imaginar y adivinar, sino de
descubrir, ver lo que hace o deja de hacer la naturaleza.
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