lunes, 1 de agosto de 2016

Novun Organon de Francis Bacon



El hombre extiende sus conocimientos y su acción a medida que descubre el orden natural de las cosas ayudado por la observación y la reflexión.
Solo podemos vencer la naturaleza obedeciéndola.
Sería insensato creer que lo que no se hizo aún puede hacerse sin recurrir a medios que no pusimos en práctica.
Los principios obtenidos de los hechos particulares con orden y método conducen fácilmente a nuevos hechos particulares.
¿De dónde se deducen los principios que nos sirven de base hoy? De un puñado de pequeñas experiencias de muy reducido número de hechos muy familiares, de observaciones triviales.
Si por casualidad se presenta súbitamente algún hecho contradictorio no percibido anteriormente, salvamos el principio valiéndonos de alguna distinción frívola, cuando lo que precisaba hacer es corregir ante todo el principio mismo.
Precisa volver a empezar todo el edificio desde sus cimientos, si no queremos girar eternamente en el mismo círculo, avanzando tan solo unas pulgadas.
Solo queda un método muy sencillo, consiste en conducir a los hombres hasta los hechos para que sigan su orden y encadenamiento, más precisa que, por su parte, se imponga la ley de abjurar durante algún tiempo de sus nociones y se familiaricen con los hechos en sí.
Los fantasmas o falsas nociones que arraigaron en el entendimiento humano no solo obsesionan las inteligencias de modo que la virtud haya obstáculo para ver la luz, sino que una vez abierto el camino acudirán nuevamente provocando nuevo obstáculo, sino se advierte a los hombres desconfíen y tomen toda clase de precauciones contra ellos.
El entendimiento humano se inclina en exceso a suponer en las cosas más uniformidad, orden y regularidad que la existente de ellas de cierto, y aunque en la naturaleza haya infinidad de cosas extremadamente diferentes a todas las demás y únicas en su especie, no deja de imaginar paralelismos, analogías, correspondencias y relaciones que no tiene realidad alguna.
Una vez familiarizado el entendimiento con ciertas ideas que le agradan, por ser generalmente aceptadas, por ser agradables en sí, se adhiere a ellas, con obstinación, queriendo que todo concierte con ellas, los hechos que contradicen las opiniones favoritas surgen inútilmente en profusión, sin poder conmoverlas en su espíritu.
No permite jamás se mire sin respeto esas primeras máximas que compuso, sagradas e inviolables para él, especie de prejuicios que tiene las más perniciosas consecuencias.
La ilusión propia, inherente a la inteligencia humana, consiste en afectarse y excitarse por las pruebas afirmativas más que por las negativas, aunque según los principios de la justa razón, debiera someterse igualmente a todas ellas, ponderándolas con el mismo cuidado.
Hasta podemos considerar cierto lo contrario, cuando se trata de establecer o comprobar en principio que el ejemplo negativo pesa mucho más.
El entendimiento humano, en virtud de su naturaleza propia y particular, siente inclinación a las abstracciones, siendo propicio considerar constante e inmutable lo pasajero.
La diferencia más característica y notable observada entre las inteligencias es esta. Unas tienen más fuerza y aptitud para observar las diferencias de las cosas, otras para discernir sus analogías.
Hay dos caminos o métodos para descubrir la verdad. Uno que parte de las sensaciones y de los hechos particulares y se lanza impetuosamente sobre los principios más generales.
El otro parte también de las sensaciones y hechos particulares, pero elevándose lentamente, sigue marcha gradual y, sin saltar ningún grado, llega muy tarde a las proposiciones más generales, este último método es el cierto.
La mejor de todas las demostraciones es sin duda la experiencia, con tal de que os atengamos al hecho que tenemos a la vista, porque si al apresurarnos a aplicar los resultados de las primeras observaciones a los sujetos que parecen análogos a los observados, no efectuamos la aplicación con cierto orden y método, nada hay en el mundo más ilusorio.
Es imposible seguir camino recto en la marcha cuando la meta está mal situada y mal determinada su término.
¿Cuál es la verdadera meta de las ciencias y su verdadero fin? Enriquecer la vida humana con descubrimientos reales, es decir, nuevos medios.
Entre los obstáculos que impiden al hombre lanzarse a nuevas empresas en las ciencias, aplicándolas a cosa nuevas, el más poderoso es la facilidad con que se desespera en cuanto al éxito, suponiendo la imposibilidad de todo descubrimiento importante, porque los juiciosos y severos carecen de confianza y aliento en este punto.
Cuando surge algún mortal que siente su fuerza, osando prometer granes cosas o esperarlas en silencio, su generoso atrevimiento es tachado de presunción atribuyéndolo a falta de madurez.
Esa especie de prudencia por la cual se gobierna ordinariamente los negocios, ciencia que erige en normal la desconfianza y que supone siempre lo peor en cuanto a las cosas humanas.
El poderoso motivo de esperanza originado en el conocimiento de los errores del pasado y las inútiles tentativas.
Lo que para vosotros es aflicción y desesperación, cuando dirigís la mirada al pasado se trocará en motivo de consuelo y esperanza tan pronto lo dirigís al porvenir.
Las evidentes desventuras que sufrís no podéis atribuirlas únicamente a la fuerza de las cosas y al irresistible ascendiente de las circunstancias teniendo que imputarlas a vuestras propias faltas, esta consideración debe colmaros de confianza y alimentar vuestra esperanza, porque evitando esas faltas o reparándolas os elevareis al estado de esplendor y fortaleza que perdisteis.
La dificultad no está en las cosas, no depende de causas que no podemos intervenir, sino solo en el entendimiento humano, inconveniente que tiene remedio.
No ha surgido aun mortal de inteligencia firme y constante que se imponga la ley de borrar de su memoria las teorías y nociones comunes para comenzar de nuevo y aplicar a los hechos particulares su entendimiento limpio, raso, por así decirlo.
De los hechos ascenderemos hasta los axiomas, descendiendo luego de estos a la práctica. No obstante, precisa guardarse de permitir que el entendimiento salte, vuele de los hechos particulares a los axiomas más lejanos.
Lo que hay que procurar al entendimiento no son alas, sino plomo, un peso que la contenga, e impida emprender impetuoso vuelo hasta los principios más elevados.
La inducción que procede por vía de simple enumeración no pasa de método pueril que solo conduce a conclusiones precarias, que corre los mayores riesgos de parte del primer ejemplo contradictorio que pueda presentarse, en general, decide de acuerdo con reducidísimo número de hechos.
Mas la forma de inducción verdaderamente útil analiza las operaciones de la naturaleza, selecciona las observaciones y experiencias, desglosando de la masa, mediante exclusiones, luego tras haber establecido suficiente número de proposiciones, se estaciona finalmente en las afirmativas, ateniéndose a ellas.
Al explorar un axioma disponemos de una especie de prueba a la que hay que someterse, precisa ver si el axioma que establecemos se ajusta a la medida de los hechos de que se obtiene.
No hay razón para negar que la naturaleza encierre en su seno infinidad de secretos que no tienen analogía con las propiedades conocidas, que están muy alejadas de los caminos que recorre la imaginación.
El hombre ha hecho hasta ahora cortísimas pausas en la experiencia, rozándolas solamente, perdiendo infinito tiempo en simples meditaciones y en puras operaciones de su inteligencia.
¿Cuál es mi objeto en el fondo? Trazar en el entendimiento humanos una copia del universo, mas tal cual es, no como lo imagina este o aquel, según lo que le siguiere su propia y sola razón. Pero ese objeto es imposible de alcanzar si no sabemos analizar el universo, disecarlo, por decirlo así.
El método de investigación e invención de los antiguos era esta: de cierto número de ejemplos y hechos particulares con lo que mesclaban algunas nociones corrientes y quizás algunas de las opiniones aceptadas, se lanzaban de un solo vuelo hasta las conclusiones más generales y luego consideraban aquellos principios como verdades fijas e inmutables.
Finalmente, si chocaban con algunos ejemplos o hechos particulares que pugnaban con sus aciertos resolvían la dificultad mediante ciertos distingos explicando sus reglas o descartando esos hechos como algunas toscas excepciones.
Su prontitud en lanzarse sobre los principios más generales fue precisamente la causa de su fracaso.
Poner fin al desaliento, el más poderoso obstáculo entre cuantos se oponen al progreso de la ciencia.
La verdadera ciencia es la basada en el conocimiento de las causas.
Lo más útil en la práctica es lo más cierto en la teoría.
Las indicaciones que deben dirigirnos en la interpretación de la naturaleza comprende dos partes. El fin de la primera es deducir o extraer los axiomas de la experiencia. El de la segunda es deducir y derivar nuevas experiencias de dichos axiomas.
Lo primero que hay que poseer es una historia natural y experimental bien escogida y bastante completa, por ser la verdadera base de todo el edificio, porque no se trata en esto de imaginar y adivinar, sino de descubrir, ver lo que hace o deja de hacer la naturaleza.

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