viernes, 26 de agosto de 2016

Napoleón Bonaparte



Voy a decirles el error que cometen ustedes siempre. Ustedes toman sus posiciones la víspera de la batalla, cuando todavía ignoran los movimientos del enemigo y solo conocen el propio terreno.
Yo, por el contrario, nunca doy órdenes antes del combate. Tan pronto como se levanta el sol, envió mis hombres a reconocimiento, me informo yo mismo y mantengo mis tropas reunidas, mientras resuelvo lo que se debe hacer. Luego me precipito sobre el enemigo y ataco según las exigencias del terreno.

Cuando hago un plan militar, no hay hombre más pusilánime que yo. Me exagero todos los peligros y todos los males posibles en las circunstancias. Trabajo siempre, medito mucho. Si parezco siempre dispuesto a responder a todo, a hacer frente a todo, es porque antes de emprender nada he meditado largo tiempo y previsto lo que podía acontecer. No es un genio el que me revela de repente lo que debo decir o hacer en una circunstancia inesperada para los demás, es mi reflexión, es la meditación.

Para gobernar no se trata de seguir una teoría más o menos buena, sino de edificar con los materiales que se tiene al alcance de uno, de someterse a las necesidades del momento y de saberlas aprovechar.
He amado siempre el análisis. Por qué y el cómo son preguntas tan útiles que jamás se formulan con bastante frecuencia. Reconozco la parte del azar en el destino de los hombres y de los acontecimientos. Cuanto más grande se es menos voluntad debe tenerse. Se depende de los acontecimientos y de las circunstancias.

La ambición es el móvil principal de los hombres. Estos trabajan mientras esperan elevarse.

Lo moral es a la fuerza material como tres a uno.

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