Voy a decirles el error que cometen ustedes siempre. Ustedes
toman sus posiciones la víspera de la batalla, cuando todavía ignoran los
movimientos del enemigo y solo conocen el propio terreno.
Yo, por el contrario, nunca doy órdenes antes del combate.
Tan pronto como se levanta el sol, envió mis hombres a reconocimiento, me
informo yo mismo y mantengo mis tropas reunidas, mientras resuelvo lo que se
debe hacer. Luego me precipito sobre el enemigo y ataco según las exigencias
del terreno.
Cuando hago un plan militar, no hay hombre más pusilánime
que yo. Me exagero todos los peligros y todos los males posibles en las
circunstancias. Trabajo siempre, medito mucho. Si parezco siempre dispuesto a
responder a todo, a hacer frente a todo, es porque antes de emprender nada he
meditado largo tiempo y previsto lo que podía acontecer. No es un genio el que
me revela de repente lo que debo decir o hacer en una circunstancia inesperada
para los demás, es mi reflexión, es la meditación.
Para gobernar no se trata de seguir una teoría más o menos
buena, sino de edificar con los materiales que se tiene al alcance de uno, de
someterse a las necesidades del momento y de saberlas aprovechar.
He amado siempre el análisis. Por qué y el cómo son
preguntas tan útiles que jamás se formulan con bastante frecuencia. Reconozco
la parte del azar en el destino de los hombres y de los acontecimientos. Cuanto
más grande se es menos voluntad debe tenerse. Se depende de los acontecimientos
y de las circunstancias.
La ambición es el móvil principal de los hombres. Estos
trabajan mientras esperan elevarse.
Lo moral es a la fuerza material como tres a uno.
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