Un político profesional tiene que persuadir a un público muy heterogéneo a través de simplificaciones y repeticiones. El lenguaje del político es simple y reiterativo. Todo lo contrario del lenguaje literario. El mensaje político es más eficaz mientras más cerca está de la lengua común.
Hay un viejo cuento sobre un famoso predicador de una zona rural de los EEUU. Este hombre era tan buen orador que iban a escucharlo todos los domingos. Alguien le preguntó cuál era su secreto sobre la capacidad de retener la atención de toda su audiencia. Dijo el predicador: “Primero les digo lo que les voy a decir y después les digo lo que les dije”. Así hacen los políticos.
En un político el compromiso con la verdad es transitorio y relativo, porque el político se mueve en el mundo de lo práctico. La política real no es aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina sino la que se vive, se practica día a día y tiene poco que ver con las ideas, los valores o la imaginación y para decirlo con crudeza con la generosidad, la solidaridad o el idealismo.
Está hecha casi exclusivamente de maniobras, intrigas, conspiraciones, pactos, traiciones, muchos cálculos, no poco cinismo y toda clase de malabares. Porque al político profesional lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver ocuparlo cuanto antes. Quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva por el poder difícilmente llega a ser un político exitoso.
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