sábado, 26 de agosto de 2017

P. B. Medawar


En los primeros días de la ciencia se creía que la verdad estaba entorno de nosotros aguardando. La verdad se daría a conocer a nosotros solo con observar la naturaleza. La verdad estaba allí para tomarla con solo que apartásemos el velo del prejuicio y observásemos las cosas como realmente son.

Pero podemos pasar toda la vida observando la naturaleza sin presenciar nunca aquella conjunción de hechos que puedan revelarnos la verdad si la suerte no se cruza en nuestro camino.

No tiene objeto depender de la buena fortuna para que nos de la información fáctica que necesitamos, para aprehender la verdad, por tanto, hemos de inventar experimentos que o bien nos confirmen las opiniones que tenemos o nos hagan pensar en corregirlas.

La observación no es absorción pasiva de información sensorial y la experimentación no solo es idear conjunciones de hechos que no ocurren espontáneamente en la naturaleza. Ninguna nueva verdad se declarará por si sola saliendo de una pila de hechos.
La verdad no está en la naturaleza aguadando declararse y no podemos saber a priori que observaciones son pertinentes y cuales no lo son. Todo descubrimiento comienza con una preconcepción imaginativa de cuál puede ser la verdad. Una hipótesis es una propuesta acerca de cómo puede ser el mundo. Los experimentos son actos emprendidos para someter a prueba esa hipótesis.

La hipótesis guiará a hacer unas observaciones en lugar de otras y sugerirá experimentos que de otra manera no se habrían efectuado. Los experimentos ponen a prueba las implicancias lógicas de las hipótesis, es decir, las consecuencias de suponer que son cierta.

El diálogo es entre lo posible y lo real, entre lo que puede ser verdad y lo que ocurre en la realidad. Un diálogo entre dos voces, una imaginativa y otra crítica.

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