Por
lo general, las causas de una revolución se buscan entre las
condiciones objetivas: en la miseria generalizada, en la opresión, en
abusos escandalosos. Pero este enfoque de la cuestión, aunque acertado,
es parcial, pues condiciones parecidas se dan en decenas de países y,
sin embargo, las revoluciones estallan en contadas ocasiones. Es
necesaria la toma de conciencia de la miseria y de la opresión, el
convencimiento de que ni la una ni la otra forman parte del orden
natural del mundo. No deja de ser curioso que sólo el experimentarlas,
por más doloroso que ello resulte, no es, en absoluto, suficiente. Es
imprescindible la palabra catalizadora, el pensamiento esclarecedor. Por
eso los tiranos, más que al petardo o al puñal, temen a aquello que
escapa a su control: las palabras. Palabras que circulan libremente,
palabras clandestinas, rebeldes, palabras que no van vestidas de
uniforme de gala, desprovistas del sello oficial.
Una
revolución no se puede planificar. Su estallido, el momento en que se
produce, sorprende a todos, incluso a aquellos que la han hecho posible.
Se quedan atónitos ante el cataclismo que surge de repente y arrasa
todo lo que encuentra en su camino. Y lo arrasa tan irremisiblemente que
al final puede destruir hasta los lemas que lo desencadenaron.
Es
errónea la creencia de que los pueblos maltratados por la historia (que
son la mayoría) viven con el pensamiento puesto en la revolución, que
ven en ella la solución más sencilla. Toda revolución es un drama, y el
hombre evita instintivamente las situaciones dramáticas. Cuando se
encuentra en situación semejante, busca febrilmente salir de ella;
aspira a la tranquilidad, a la rutina de cada día. Por eso las
revoluciones nunca duran mucho tiempo. Son el último cartucho, y cuando
un pueblo decide echar mano de él es porque una larga experiencia le ha
enseñado que no le queda ninguna otra salida. Todos los demás intentos
han fracasado; han fallado los demás recursos.
Toda
revolución viene precedida por un estado de agotamiento general y se
desarrolla en un marco de agresividad exasperada. El poder no soporta al
pueblo que lo irrita y el pueblo no aguanta al poder al que detesta. El
poder ha perdido ya toda la confianza y tiene las manos vacías; el
pueblo ha perdido los restos de su paciencia y aprieta los puños. Reina
un clima de tensión y agobio, cada vez más insoportable. Empezamos a
dejarnos dominar por una psicosis del terror. La descarga se acerca. Lo
notamos.
El poder es quien provoca la revolución. Desde luego no lo hace conscientemente. Y, sin embargo, su estilo de vida y su manera de gobernar acaban convirtiéndose en una provocación. Esto sucede cuando entre la élite se consolida la sensación de impunidad. Todo nos está permitido, lo podemos todo. Esto es ilusorio, pero no carece de un fundamento racional. Porque, efectivamente, durante algún tiempo parece que lo pueda todo. Un escándalo tras otro, una injusticia tras otra quedan impunes.
El poder es quien provoca la revolución. Desde luego no lo hace conscientemente. Y, sin embargo, su estilo de vida y su manera de gobernar acaban convirtiéndose en una provocación. Esto sucede cuando entre la élite se consolida la sensación de impunidad. Todo nos está permitido, lo podemos todo. Esto es ilusorio, pero no carece de un fundamento racional. Porque, efectivamente, durante algún tiempo parece que lo pueda todo. Un escándalo tras otro, una injusticia tras otra quedan impunes.
El
pueblo permanece en silencio; se muestra paciente y cauteloso. Pero, al
mismo tiempo, contabiliza minuciosamente los abusos cometidos contra
él, y en un momento determinado hace la suma. La elección de este
momento es el mayor misterio de la historia. ¿Por qué se ha producido en
este día y no en otro? ¿Por qué lo adelantó este y no otro
acontecimiento? Si ayer, tan sólo, el poder se permitía los peores
excesos y, sin embargo, nadie ha reaccionado. ¿Qué he hecho, pregunta el
soberano sorprendido, para que de repente se hayan puesto así? Y he
aquí lo que ha hecho: ha abusado de la paciencia del pueblo. Pero ¿por
dónde pasa el límite de esta paciencia, cómo determinarlo? En cada caso
la respuesta será diferente, si es que existe algo que se pueda definir a
este respecto. Lo único seguro es que sólo los poderosos que conocen la
existencia de este límite y si saben respetarlo pueden contar con
mantenerse en el poder durante mucho tiempo. Pero éstos son escasos.
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