Solo lo acción constituye tu deber, no sus frutos. Los frutos de la acción no deben ser tu objetivo, sin que por ello eludas la acción misma. Actúa con desapego, con indiferencia al éxito o al fracaso. Pues la acción que busca unos frutos es muy inferior a la acción desinteresada. Refúgiate en el desapego, pues desdichados son los que persiguen el fruto de sus acciones.
En este mundo el hombre que actúa con desapego escapa al fruto de sus acciones. Por lo tanto sigue el camino de la acción desinteresada. El que no se aflige ante la adversidad ni anhela los goces, el que está libre de pasiones y no siente miedo ni cólera, es un hombre de seguro entendimiento. El que por nada siente apego ni se deja perturbar por la alegría o la tristeza es un hombre de seguro entendimiento.
Igual que el humo oscurece la llama o el polvo enturbia el espejo, el deseo ofusca el conocimiento. Los sentidos, la mente y la conciencia son la sede del deseo que enturbia el conocimiento. Domina pues tus sentidos y luego expulsa de tu mente ese parásito que impide el acceso a la sabiduría.
No apetezcas el fruto de la acción ni te afecten los resultados. Libre de toda apetencia obra sin que te afecten las acciones. Imperturbable ante el éxito o el fracaso, los frutos de la acción no te encadenen. El hombre que ansía los frutos de sus acciones no encuentra la paz, pues la acción lo esclaviza. El goce de los sentidos derivado de su contacto con los objetos externos es fuente de futuros dolores. El sabio no se deleita en ellos. Tres veces bendito es aquel que fortalecido por el conocimiento domina la pasión y el deseo.
Quien se domina a si mismo se mantiene sereno ante el calor y el frió, el placer y el dolor, los honores y las afrentas. Despréndete de vanos anhelos, refrena los sentidos, controla los pensamientos. La mente es inconstante, inquieta, impetuosa. Dominarle es tan difícil como dominar el viento, pero la práctica constante y la continua atención acaban por aquietarla.
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