sábado, 20 de mayo de 2017

Montaigne

Es muy corriente ver en las cosas del mundo que la suerte, para probarnos su poder, ya que no tiene en su mano hacer sabios a los tontos, los hace afortunados, de aquí que sea vea todos los días que los hombres más torpes ejecuten grandes empresas públicas y privadas.

Se extrañaban algunos de que los asuntos del persa Sirannes resultasen tan mal siendo sus juicios tan discretos, y el respondió. “Es que soy dueño de mis designios, pero la fortuna los es de los acontecimientos”.

Es imprudencia estimar que la discreción humana pueda llenar el papel de la fortuna, y vano el intento de abarcar causas y consecuencias, conduciendo como de la mano el curso de los hechos. Los más poderosos en las ciudades y los que mejor salen de sus tratos suelen ser los menos capaces.

He observado que ciertas frases ingeniosas, picantes o despectivas que han dejado escapar los príncipes contra otros personajes eminentes, han encendido rebeliones. Los príncipes deben, pues, en circunstancias difíciles y en asuntos delicados, tener mucha circunspección en sus palabras y evitar sobre todo esos dichos claros y precisos, que son como señales profundas que parecen denunciar sus secretos pensamientos.

Es menester manejar las empresas humanas dejando a la fortuna buena parte de sus derechos, sin esclarecer los asuntos demasiado profundamente, porque entonces se pierde uno en múltiples posibilidades contrarias.

Veo que quienes conducen los más gloriosos hechos de guerra no emplean la deliberación y el consejo más que en parte, entregando la mayor a la suerte.

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