Las ideas poseen un valor instrumental y están hechas para
la acción. Solo las acción dice su verdad o falsedad según solucionen o no los
problemas que surgen en el medio, según desempeñen o no correctamente la función
para la cual fueron pensadas.
El pensamiento no está separado de la acción ni la teoría de
la práctica, bien al contrario, el pensamiento surge del medio y se dirige
hacia la compresión y el dominio de este.
Desde Platón hasta Hegel la filosofía ha considerado el
conocimiento como contemplación y que su función consiste en ocuparse de cosas
eternas e inmutables. Los griegos glorificaron lo inmutable, creyeron que la mutación
y el cambio contenían bajo su apariencia una esencia oculta. El conocimiento para
ser puro debía ser pura contemplación de esta esencia oculta detrás de las
cosas. De esta manera apareció el dualismo entre el mundo real y el mundo ideal,
entre pensamiento y experiencia.
La experiencia es la forma como se relacionan los objetos,
su peculiar modo de conectarse. El hombre conserva en su memoria sus
experiencias pasadas. El hombre vive en un mundo en el que cada hecho se carga
de ecos y reminiscencias de cosas ocurridas antes y cada suceso es un
recordatorio de otros. Los hombres se rigen más bien por la memoria que por el
pensamiento.
Los principios y leyes científicas no se encuentran en la
superficie de la naturaleza. Se hallan ocultos y es preciso arrancárselos mediante
una técnica de investigación activa y complicada. Ni el razonamiento lógico ni
la acumulación pasiva de observaciones es suficiente para apoderarse de tales
secretos.
La experimentación activa tiene que encuadrar las realidades
aparentes de la Naturaleza dentro de formas distintas de las que se nos presentan
corrientemente, así como las obligará a que diga su propia verdad de la misma
manera que el tormento obliga al testigo reacio a que revele lo que ha estado
ocultando.
La mente del hombre tiende espontáneamente a suponer entre
los fenómenos una simplicidad, uniformidad y unidad mayores que las que
realmente tienen. Sigue analogías superficiales y de ella salta a conclusiones,
hace caso omiso de la variedad de detalles y de la existencia de excepciones.
Un físico o un químico cuando quiere saber algo hacen todo menos limitarse
a contemplar. No confía en que le sean revelados los secretos de ninguna clase
por mucho que mire con avidez y durante largo tiempo al objeto. Pasa, en cambio,
a hacer algo, a aplicar alguna energía al producto para ver cómo reacciona
este, lo sitúa fuera de las condiciones corrientes, para provocar algún cambio. Ya no se consideran las mutaciones como una caída desde el
estado de gracia, como un descenso de realidad o como una señal de imperfección
del ser.
La ciencia moderna no trata de ya descubrir alguna forma fija o esencia detrás de cada uno de los procesos del cambio. No considera que la forma que permanece inmutable frente a los sentidos como la clave del conocimiento de la cosa, sino como un muro, como una obstrucción que es preciso echar abajo. El método experimental trata de deshacer las fijezas aparentes y de provocar cambios.
La ciencia moderna no trata de ya descubrir alguna forma fija o esencia detrás de cada uno de los procesos del cambio. No considera que la forma que permanece inmutable frente a los sentidos como la clave del conocimiento de la cosa, sino como un muro, como una obstrucción que es preciso echar abajo. El método experimental trata de deshacer las fijezas aparentes y de provocar cambios.
El científico supone que dentro de todas las cosas en
aparente reposo se realiza un movimiento y que estando como está el proceso oculto
a nuestra percepción, la manera de descubrirlo consiste en colocar la cosa en cuestión
en circunstancias nuevas, hasta que el cambio surge a la vista.
La cosa a la que hay que dedicar la atención no es la que
nos fue dada originariamente, sino la que surge después de que hemos colocado a
esta última en una gran variedad de circunstancias para ver cómo se conduce. El concepto activo del conocimiento considera al medio que
nos rodea como algo que debe ser cambiado si queremos conocerlo verdaderamente.
La primera característica del pensar es pues, su enfrentarse con los hechos
reales, es decir, la observación. Nada ha perjudicado tanto al éxito de la
tarea de pensar como el hábito de tratar la observación como cosa aparte y
anterior al pensar y al pensar como algo que puede realizarse dentro del
cerebro sin incluir la observación de
nuevos hechos.
Esto crea una clase de pensadores que se mantienen alejados
de la práctica y por consiguiente de poner a prueba su pensamiento mediante la aplicación
del mismo a la realidad. Esta manera de ser lleva a la trágica división de la teoría
y la práctica.
Al dedicar interés a lo que ha ocurrido nos interesamos en
conseguir síntomas para deducir lo que ocurrirá. Lo que no ha adquirido todavía
existencia no puede ser observado, no tiene el estado de algo presente ya, es
una idea. Las ideas son anticipaciones de algo que está todavía por venir. El hecho de que la
observación es una búsqueda de señales nos demuestra que paralelamente a la observación
tiene lugar la deducción.
Al prever una consecuencia que se viene encima se puede
realizar algo que hará que la situación se eventualice de alguna otra manera. Todo pensar equivale a un aumento
de la libertad de acción, es emanciparse de la casualidad y de la fatalidad.
Las ideas son instrumentos para la extirpación de una
dificultad, la prueba de su validez estriba en realizar esa tarea. Si salen con
éxito en su función son fiables, validas, verdaderas. Si no logran disipar la confusión,
la incertidumbre, el mal cuando se actúe sobre ella, entonces son falsas.
Una idea es un plan para obrar de una manera determinada
como medio de llegar a una finalidad. Cuando ese plan es seguido por nosotros
nos guía verdaderamente o falsamente, nos conduce hasta nuestra finalidad o en
otra dirección distinta.
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