viernes, 26 de mayo de 2017

John Dewey



Las ideas poseen un valor instrumental y están hechas para la acción. Solo las acción dice su verdad o falsedad según solucionen o no los problemas que surgen en el medio, según desempeñen o no correctamente la función para la cual fueron pensadas. 

El pensamiento no está separado de la acción ni la teoría de la práctica, bien al contrario, el pensamiento surge del medio y se dirige hacia la compresión y el dominio de este. 

Desde Platón hasta Hegel la filosofía ha considerado el conocimiento como contemplación y que su función consiste en ocuparse de cosas eternas e inmutables. Los griegos glorificaron lo inmutable, creyeron que la mutación y el cambio contenían bajo su apariencia una esencia oculta. El conocimiento para ser puro debía ser pura contemplación de esta esencia oculta detrás de las cosas. De esta manera apareció el dualismo entre el mundo real y el mundo ideal, entre pensamiento y experiencia. 

La experiencia es la forma como se relacionan los objetos, su peculiar modo de conectarse. El hombre conserva en su memoria sus experiencias pasadas. El hombre vive en un mundo en el que cada hecho se carga de ecos y reminiscencias de cosas ocurridas antes y cada suceso es un recordatorio de otros. Los hombres se rigen más bien por la memoria que por el pensamiento.

Los principios y leyes científicas no se encuentran en la superficie de la naturaleza. Se hallan ocultos y es preciso arrancárselos mediante una técnica de investigación activa y complicada. Ni el razonamiento lógico ni la acumulación pasiva de observaciones es suficiente para apoderarse de tales secretos.

La experimentación activa tiene que encuadrar las realidades aparentes de la Naturaleza dentro de formas distintas de las que se nos presentan corrientemente, así como las obligará a que diga su propia verdad de la misma manera que el tormento obliga al testigo reacio a que revele lo que ha estado ocultando. 

La mente del hombre tiende espontáneamente a suponer entre los fenómenos una simplicidad, uniformidad y unidad mayores que las que realmente tienen. Sigue analogías superficiales y de ella salta a conclusiones, hace caso omiso de la variedad de detalles y de la existencia de excepciones. 

Un físico o un químico cuando  quiere saber algo hacen todo menos limitarse a contemplar. No confía en que le sean revelados los secretos de ninguna clase por mucho que mire con avidez y durante largo tiempo al objeto. Pasa, en cambio, a hacer algo, a aplicar alguna energía al producto para ver cómo reacciona este, lo sitúa fuera de las condiciones corrientes, para provocar algún cambio. Ya no se consideran las mutaciones como una caída desde el estado de gracia, como un descenso de realidad o como una señal de imperfección del ser.

La ciencia moderna no trata de ya descubrir alguna forma fija o esencia detrás de cada uno de los procesos del cambio. No considera que la forma que permanece inmutable frente a los sentidos como la clave del conocimiento de la cosa, sino como un muro, como una obstrucción que es preciso echar abajo. El método experimental trata de deshacer las fijezas aparentes y de provocar cambios. 

El científico supone que dentro de todas las cosas en aparente reposo se realiza un movimiento y que estando como está el proceso oculto a nuestra percepción, la manera de descubrirlo consiste en colocar la cosa en cuestión en circunstancias nuevas, hasta que el cambio surge a la vista. 

La cosa a la que hay que dedicar la atención no es la que nos fue dada originariamente, sino la que surge después de que hemos colocado a esta última en una gran variedad de circunstancias para ver cómo se conduce. El concepto activo del conocimiento considera al medio que nos rodea como algo que debe ser cambiado si queremos conocerlo verdaderamente. La primera característica del pensar es pues, su enfrentarse con los hechos reales, es decir, la observación. Nada ha perjudicado tanto al éxito de la tarea de pensar como el hábito de tratar la observación como cosa aparte y anterior al pensar y al pensar como algo que puede realizarse dentro del cerebro sin incluir la observación  de nuevos hechos. 

Esto crea una clase de pensadores que se mantienen alejados de la práctica y por consiguiente de poner a prueba su pensamiento mediante la aplicación del mismo a la realidad. Esta manera de ser lleva a la trágica división de la teoría y la práctica. 

Al dedicar interés a lo que ha ocurrido nos interesamos en conseguir síntomas para deducir lo que ocurrirá. Lo que no ha adquirido todavía existencia no puede ser observado, no tiene el estado de algo presente ya, es una idea. Las ideas son anticipaciones de algo que está todavía por venir. El hecho de que la observación es una búsqueda de señales nos demuestra que paralelamente a la observación tiene lugar la deducción.

Al prever una consecuencia que se viene encima se puede realizar algo que hará que la situación se eventualice de alguna  otra manera. Todo pensar equivale a un aumento de la libertad de acción, es emanciparse de la casualidad y de la fatalidad.

Las ideas son instrumentos para la extirpación de una dificultad, la prueba de su validez estriba en realizar esa tarea. Si salen con éxito en su función son fiables, validas, verdaderas. Si no logran disipar la confusión, la incertidumbre, el mal cuando se actúe sobre ella, entonces son falsas.

Una idea es un plan para obrar de una manera determinada como medio de llegar a una finalidad. Cuando ese plan es seguido por nosotros nos guía verdaderamente o falsamente, nos conduce hasta nuestra finalidad o en otra dirección distinta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario