El hombre prudente es aquel a quien no engaña la estabilidad
aparente y prevé, además la dirección en la cual se realizará el próximo cambio.
Lo que hace que los hombres consideren ordinariamente el
estado de las cosas o la dirección de su curso como si nunca hubiera de cambiar
es que, teniendo antes los ojos los efectos no vean las causas, pues ellas son
las que llevan en si el germen de los
cambios futuros, el efecto que solo existe ante sus ojos no encierra nada
semejante. Se atienen al resultado y en cuanto a estas causas que
ignoran suponen que habiendo podido producir el efecto serán también capaces de
mantenerlo.
El hombre que sobre todo en la adversidad permanece
tranquilo prueba que sabe cuán inmensos y múltiples son los males posibles en
la vida y que no considera la desdicha que sobreviene en este momento más como
una pequeña parte de la que podría sobrevenir.
La naturaleza ha puesto el sentimiento del temor y del
terror en todo lo que vive para guardar la vida y su esencia, y para evitar y
alejar los peligros. Sin embargo esta misma naturaleza no sabe guardar la
medida, con los temores saludables mezcla constantemente otros vagos y superfluos,
de tal manera que si pudiéramos ver en su interior encontraríamos a todos los
seres llenos de terrores pánicos.

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