jueves, 1 de septiembre de 2016

Las ilusiones perdidas de Honorato Balzac (consejos que el cínico Vautrin le da a Rastignac)


¿Qué es lo que tiene que meterse entonces en esa cabeza? Únicamente la siguiente cuestión:
Proponerse una meta brillante y ocultar los medios para llegar hasta ella, escondiendo siempre la marcha.
Sea cazador, colóquese a cubierto, embósquese en el mundo parisiense, espere una presa y un azar, no prodigue, no malgaste ni su persona, ni lo que se llama dignidad, ya que todos obedecemos a alguna cosa, a un vicio, a una necesidad, pero observe siempre la ley suprema: el secreto.
Se ha de arriesgar todo, si se quiere tenerlo todo.
Todos los grandes hombres son unos monstruos.
Si hubiese buscado en la historia las causas de los acontecimientos hubiese aprendido normas para su conducta.
No veas en los hombres, y sobre todo en las mujeres algo más que meros instrumentos, pero no dejes que se percaten de ello.
Adore, como si de Dios se tratara, aquel que está situado más alto que usted, puede serle útil y no lo abandone hasta que haya pagado caro su servilismo.
En el comercio sea ávido y rastrero. Sienta por el hombre caído la misma pena que si no hubiese existido.
¿Sabe porque tiene que comportarse así? Quieres dominar el mundo ¿no es verdad? Pues es preciso comenzar por obedecer al mundo y estudiarlo bien.
¿Ha llegado a estudiar los medios por los que los Medicis, simples comerciantes, llegron a ser duques de Toscana?
Los sabios estudian los libros, los políticos estudian a los hombres y sus intereses y las causas que originan sus acciones.
Pero el mundo, la sociedad, los hombres considerados en conjunto son fatalistas, adoran el éxito.
¿Ha puesto toda su voluntad y todas sus acciones al servicio de una idea?
¡Conserve siempre las buenas apariencias! ¡Esconda el revés de su vida y presente un derecho muy brillante! La discreción es la divisa de los ambiciosos, hágala suya.
Los grandes cometen casi tantas bajezas como los miserables, pero las cometen en la sombra y hacen gala de su valor: siguen siendo grandes.
Los pequeños despliegan sus virtudes en la sombra, exponen sus miserias a la luz pública: son despreciados.
Todo estriba en las apariencias.
El ambicioso que quiere luchar con los preceptos de la virtud en una carrera en la que sus antagonistas se juegan el todo por el todo, es un niño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario