Talleyrand no daba ningún valor perdurable al primer impulso de su
pensamiento, pues reconocía que era siempre producto de las
circunstancias. Absolutamente refractario a toda ideología, creía que su vocación y su tarea consistía en convertir en útiles esas mismas ideologías, haciéndolas servir lo mejor posible a las circunstancias.
El único don político de Talleyrand –tener siempre una idea oportuna- lo inducía a tomar su interés personal como base, pero mirando siempre al porvenir. Sabía hacer concordar su interés con la tendencia general de su tiempo.
Sabia por experiencia que a todos los sistemas de gobierno les falta una cualidad: la duración, y aunque los servía lealmente, prestaba una atención preferente al porvenir, dándose cuenta de que de este dependía también el suyo propio.
La verdadera primacía, la única útil y razonable, la única que conviene a los hombres libres e inteligentes, es la de ser el amor de sí mismo y no tener jamás la ridícula pretensión de serlo de los otros.
Ese llamado a la moderación no podía tener el valor de un principio político, cuando más constituía una actitud que Talleyrand no modifico durante toda su carrera y que le permitió servir a su país bajo diferentes amos. Esta clásica actitud de moderación emana de sus inclinaciones personales.
El mejor principio en política es no tener ningún principio, decía.
La famosa regla diplomática de Talleyrand es: nada de celo. Es la sabia regla de huir de todo exceso de celo.
Para Talleyrand los malos siempre permanecen malos. Todo es perdonable cuando los errores proviene de la inteligencia, pero cuando se ha pecado por el corazón no hay remedio ni excusas por consiguiente.
A Talleyrand lo que le ocupa siempre es el mañana.
Obedece a su máxima: nada de apuro.
No hay principios, no hay sino circunstancias, el hombre superior acepta los acontecimientos y las circunstancias para conducirles.
Talleyrand procedía de una familia aristocrática, que le destinó a la carrera eclesiástica sin que tuviera vocación para ello (vivió siempre como un sibarita, libertino y carente de escrúpulos). Ascendió en la jerarquía impulsado por su origen nobiliario: en 1780 era agente general del clero y en 1789 obispo de Autun.
En los Estados Generales que convocó Luis XVI en 1789 representó al estado eclesiástico y fue uno de sus escasos miembros que aceptaron los principios de la Revolución que se produjo en aquel mismo año.
Desde entonces se dedicó a la diplomacia, en la que demostró una gran habilidad y capacidad de supervivencia bajo diferentes regímenes políticos. Abandonó Francia cuando la Revolución Francesa tomó un rumbo radical bajo la dictadura de Robespierre.
Cuando el régimen radical fue derrocado por un golpe de Estado, Talleyrand regresó a Francia y sirvió como ministro de Asuntos Exteriores bajo el régimen del Directorio. El acceso al poder de Napoleón no le apartó del cargo, en el cual permanecería como uno de los grandes dignatarios del Consulado y del Imperio.
Sin embargo, se fue distanciando gradualmente del emperador por la insistencia de éste en su actitud expansionista y agresiva hacia Austria y Gran Bretaña. Dimitió en 1807.
Por entonces, Talleyrand conspiraba ya en secreto contra el emperador con Fouché. Cuando los ejércitos aliados derrotaron a Napoleón en 1814, Talleyrand contribuyó a restaurar a los Borbones en el Trono de Francia; y, en consecuencia, formó parte de su gobierno provisional, primero como primer ministro y luego como ministro de Exteriores.
Como tal representó a Francia en el Congreso de Viena (1815), que diseñó un equilibrio europeo destinado a perdurar durante medio siglo; aprovechando las disensiones entre los antiguos aliados consiguió que la derrota militar de Francia no se tradujera en un castigo diplomático demasiado gravoso. Sin embargo, la animadversión de los ultrarrealistas, que no le perdonaban su compromiso con la Revolución, le apartó enseguida de la política.
Apoyó la Revolución de 1830 que llevó al Trono a Luis Felipe de Orleans; y colaboró con el nuevo régimen constitucional como embajador en Londres. Se retiró de la política en 1834.
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