martes, 6 de septiembre de 2016

Richelieu por Hilaire Belloc

Los actos de los hombres nunca corresponden exactamente a su propósito inicial, sino que, antes bien, lo van rebasando más y más.
Pues los hombres menudos pueden en planear con cierta precisión sus triunfos y llevar a cabo su programa más o menos a perfecta satisfacción, durante el curso de sus vidas menudas y con arreglo a sus menudos deseos.
Pero los que sirven de instrumento para las más profundas modificaciones de la humanidad se hayan más condenados a la ceguera.
Continuamente nos está mostrando la historia como un solo hombre realiza y es el verdadero creador de un acontecimiento capital. Por otra parte, no siempre este acontecimiento tendrá las consecuencias por él esperadas.
En todas las grandes empresas siempre encontraremos un hombre en su punto de origen. Un hombre favorecido con ciertas oportunidades y ocasiones sin las cuales no habría podido hacer lo que hizo, pero también hay que reconocer que aquellas circunstancias favorables pesaban menos que los obstáculos que le fue preciso superar.
En los detalles de la diplomacia de Richelieu hubo, como es natural en toda diplomacia, una gran parte de insinceridad. A fin de sobreponerse a sus adversarios, tuvo continuamente que simular el deseo de cosas muy distintas de las que en realidad ambicionaba.
Su voluntad extraordinaria no admite parangón en toda la historia de Europa. Pues realmente no hay figura creadora en la historia cuya voluntad fuera tan sostenida y uniforme durante tan largo período.
Esta voluntad era de una condición muy semejante a la que encontramos en los fenómenos del mundo físico, como ellos ineluctable, de una regularidad precisa y de resultados inmutables.
Para calificar la voluntad de Richelieu tendríamos que recurrir a un término que no tuviese concomitancia alguna con la idea de esfuerzo, ni de alternativa, ni de limitaciones. Así quizás el adjetivo más aproximado sería el de absoluto: una voluntad absoluta.
Los que pretenden llegar a las alturas políticas por sí mismos no tienen otro remedio que descender a ciertas bajezas en sus comienzos.
El mismo nos ha dicho sus reglas para llegar: hablar poco, escuchar mucho, fingir interés en la necesidad de los superiores, adular hacerse y temer.
Habría podido añadir: tragarse las injurias, aplazar la venganza, vigilar de continuo a todos aquellos en nuestro derredor que utilizan en todo momento los mismos talentos y vicios que nosotros para avanzar a su vez y que, por consiguiente, nos pondrán toda clase de trabas y se esforzarán por suplantarnos si conseguimos llegar a la meta.
Richelieu simuló la amistad, no sintió los mayores escrúpulos para mentir y engañar y aceptó de buena gana la protección de aquellos que, más tarde, había de aniquilar.
Este carácter militar iba acompañado en él, no sólo de un juicio seguro sobre los hombres, sino también, cualidad rara vez aliada a una tal seguridad de juicio, de una disposición natural a escuchar el consejo de los demás.
Napoleón fue su igual o aun su superior, en la primera de estas cualidades pero manifiestamente inferior en la segunda.
Richelieu tenía juicio práctico, lleno de realidad, que acepta la jerarquía de la sociedad tal como la encuentra y toma a los hombres por lo que habitualmente son.
Carece, por tanto, de esa hambre y sed de justicia tan perturbadora y que tan a menudo pone la sociedad en peligro. En esta indiferencia por la justicia se aparta de la corriente central de las aspiraciones francesas pues en defensa de la justicia, aunque fuere a expensas del orden, los franceses no han vacilado en bordear la anarquía una y otra vez.
Debemos señalar en Richelieu una característica realmente sorprendente: poseía una facultad de que en general carecen sus compatriotas, él sabía que la poseía y se daba cuenta de la singularidad del don. Esta cualidad era la perseverancia.
Un factor esencial en la especie de trama que tejió fue el largo y lento aprendizaje a que se vio condenado. Pero es un detalle característico de él que este aprendizaje fuera por su propia voluntad. Pues no fue la necesidad lo que lo impulsara a seguir aquella trayectoria.
Desde un comienzo se esforzó hacia donde le llevaba su deseo, alcanzandolo solamente después de un largo camino recorrido, lleno de obstáculos y desengaños, pero sin que estos lograran jamás abatir su valor. Richelieu nunca dejó al azar lo que puede lograrse por el cálculo, tampoco nunca dejó pasar una oportunidad favorable.
Richelieu aconseja: contestar a las preguntas de manera que, evitando el descrédito que le sigue la mentira descubierta, se eviten también los peligros de decir la verdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario