Los actos de los hombres nunca corresponden exactamente a su
propósito inicial, sino que, antes bien, lo van rebasando más y más.
Pues los hombres menudos pueden en planear con cierta precisión sus
triunfos y llevar a cabo su programa más o menos a perfecta
satisfacción, durante el curso de sus vidas menudas y con arreglo a sus
menudos deseos.
Pero los que sirven de instrumento para las más profundas modificaciones de la humanidad se hayan más condenados a la ceguera.
Continuamente nos está mostrando la historia como un solo hombre
realiza y es el verdadero creador de un acontecimiento capital. Por otra
parte, no siempre este acontecimiento tendrá las consecuencias por él
esperadas.
En todas las grandes empresas siempre encontraremos un
hombre en su punto de origen. Un hombre favorecido con ciertas
oportunidades y ocasiones sin las cuales no habría podido hacer lo que
hizo, pero también hay que reconocer que aquellas circunstancias
favorables pesaban menos que los obstáculos que le fue preciso superar.
En los detalles de la diplomacia de Richelieu hubo, como es natural en
toda diplomacia, una gran parte de insinceridad. A fin de sobreponerse a
sus adversarios, tuvo continuamente que simular el deseo de cosas muy
distintas de las que en realidad ambicionaba.
Su voluntad
extraordinaria no admite parangón en toda la historia de Europa. Pues
realmente no hay figura creadora en la historia cuya voluntad fuera tan
sostenida y uniforme durante tan largo período.
Esta voluntad era
de una condición muy semejante a la que encontramos en los fenómenos
del mundo físico, como ellos ineluctable, de una regularidad precisa y
de resultados inmutables.
Para calificar la voluntad de Richelieu
tendríamos que recurrir a un término que no tuviese concomitancia
alguna con la idea de esfuerzo, ni de alternativa, ni de limitaciones.
Así quizás el adjetivo más aproximado sería el de absoluto: una voluntad
absoluta.
Los que pretenden llegar a las alturas políticas por
sí mismos no tienen otro remedio que descender a ciertas bajezas en sus
comienzos.
El mismo nos ha dicho sus reglas para llegar: hablar
poco, escuchar mucho, fingir interés en la necesidad de los superiores,
adular hacerse y temer.
Habría podido añadir: tragarse las
injurias, aplazar la venganza, vigilar de continuo a todos aquellos en
nuestro derredor que utilizan en todo momento los mismos talentos y
vicios que nosotros para avanzar a su vez y que, por consiguiente, nos
pondrán toda clase de trabas y se esforzarán por suplantarnos si
conseguimos llegar a la meta.
Richelieu simuló la amistad, no
sintió los mayores escrúpulos para mentir y engañar y aceptó de buena
gana la protección de aquellos que, más tarde, había de aniquilar.
Este carácter militar iba acompañado en él, no sólo de un juicio seguro
sobre los hombres, sino también, cualidad rara vez aliada a una tal
seguridad de juicio, de una disposición natural a escuchar el consejo de
los demás.
Napoleón fue su igual o aun su superior, en la primera de estas cualidades pero manifiestamente inferior en la segunda.
Richelieu tenía juicio práctico, lleno de realidad, que acepta la
jerarquía de la sociedad tal como la encuentra y toma a los hombres por
lo que habitualmente son.
Carece, por tanto, de esa hambre y sed
de justicia tan perturbadora y que tan a menudo pone la sociedad en
peligro. En esta indiferencia por la justicia se aparta de la corriente
central de las aspiraciones francesas pues en defensa de la justicia,
aunque fuere a expensas del orden, los franceses no han vacilado en
bordear la anarquía una y otra vez.
Debemos señalar en Richelieu
una característica realmente sorprendente: poseía una facultad de que en
general carecen sus compatriotas, él sabía que la poseía y se daba
cuenta de la singularidad del don. Esta cualidad era la perseverancia.
Un factor esencial en la especie de trama que tejió fue el largo y
lento aprendizaje a que se vio condenado. Pero es un detalle
característico de él que este aprendizaje fuera por su propia voluntad.
Pues no fue la necesidad lo que lo impulsara a seguir aquella
trayectoria.
Desde un comienzo se esforzó hacia donde le llevaba
su deseo, alcanzandolo solamente después de un largo camino recorrido,
lleno de obstáculos y desengaños, pero sin que estos lograran jamás
abatir su valor. Richelieu nunca dejó al azar lo que puede lograrse por
el cálculo, tampoco nunca dejó pasar una oportunidad favorable.
Richelieu aconseja: contestar a las preguntas de manera que, evitando el
descrédito que le sigue la mentira descubierta, se eviten también los
peligros de decir la verdad.

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