Claude Bernard (2)
En toda experiencia se precisa un punto de partida, y ese punto de partida debe dar nacimiento a una idea preconcebida que se somete después a la verificación experimental.
Tras esto se comprende que la observación deba preceder siempre a la experimentación.
No confundan una idea preconcebida con una idea fija. Las ideas preconcebidas son necesarias, indispensables: no se funda nada sin ellas, solo que es preciso saber abandonarlas cuando ya no tienen razón de ser.
La idea preconcebida siempre es interrogativa, se trata de una pregunta dirigida a la naturaleza.
Es preciso escuchar fríamente la respuesta y dejar de repetir la pregunta cuando la respuesta sea la que fuere, haya sido dada.
Las investigaciones emprendidas acerca de un tema siempre tienen por punto de partida una hipótesis que tiene un hecho por origen.
Habrá siempre juicio por medio de una comparación que se apoya en dos hechos, uno que sirve de punto de partida y otro que sirve de conclusión al razonamiento.
Para instruirse es necesario comparar los hechos y juzgarlos por otros que ser sirvan de comprobación. Porque una observación puede servir de comprobación a otra.
Todas las ciencias quieren llegar al conocimiento de las leyes de los fenómenos, de manera que puedan preverlos, hacerlos variar y subyugarlos.
Con ayuda de estas ciencias experimentales activas, el hombre se convierte en un inventor de fenómenos, en un verdadero contramaestre de la creación.
La experiencia no es en el fondo más que una observación provocada con un objeto cualquiera.
Lo más común es que el experimentador haga una experiencia para comprobar o verificar el valor de una idea experimental.
Para razonar experimentalmente lo que se necesita es tener primero una idea, y después invocar o provocar hechos, es decir, observaciones para comprobar aquella.
Si una observación ya ha sido realizada y aun ha sido recogida por las manos de otro investigador entonces se tomará como ya existente y se la invocará simplemente para que sirva de verificación a la idea experimental.
Cuando el asunto sea enteramente oscuro e inexplorado, el fisiólogo no deberá temer obrar un poco al azar, para tratar de pescar en agua turbia.
En medio de las perturbaciones funcionales que producirá puede esperar ver surgir algún fenómeno imprevisto, que le dé una idea sobre la dirección que deba imprimir a sus investigaciones.
Esta especie de experiencia de tanteo podrían ser llamadas experiencias para ver, porque están destinadas a hacer surgir una observación de antemano imprevista e indeterminada, pero cuya aparición podrá sugerir una idea experimental y abrir una vía de investigación.
Hay casos en los cuales se experimenta sin tener una idea probable que verificar. En tales casos las experimentación no deja de tener por objeto provocar una observación, solo que la provoca con mira de encontrar una idea que le indique la vía ulterior que deba seguir en la investigación.
Se puede decir que la experiencia es una observación provocada con el objeto de hacer nacer una idea.
El observador debe observar sin idea preconcebida, su espíritu debe ser pasivo, es decir, debe callar y escuchar a la naturaleza y escribir siguiendo su dictado.
Para experimentar es absolutamente preciso hacerlo con una idea preconcebida.
El espíritu del experimentador debe ser activo, o sea que debe interrogar a la naturaleza y presentarle las cuestiones en todos los sentidos.
El experimentador debe obligar a la naturaleza a que se descubra atacándola y proponiéndole cuestiones, interrogándola en todos los sentidos, pero no debe jamás contestar por ella, ni escuchar incompletamente sus respuestas, ni solo tomar de la experiencia los resultados que favorezcan o confirmen la hipótesis.
El experimentador no debe aferrarse a su idea más que como un medio de solicitar una respuesta de la Naturaleza, pero debe someter esa idea a la Naturaleza y estar dispuesto a abandonarla, a modificarla o a cambiarla, según lo que le enseñe la observación de los fenómenos que haya provocado.
Una idea preconcebida ha sido y será siempre el primer móvil del espíritu investigador.
No se puede dictar leyes a la naturaleza, para llegar a la verdad se debe, por el contario, estudiar las leyes naturales y someter sus ideas a la experiencia, es decir, al criterio de los hechos.
El experimentador propone su idea como una interpretación anticipada de la Naturaleza, más o menos probable, de la cual deducen lógicamente consecuencias que confronta a cada instante con la realidad, por medio de la experiencia.
Una idea anticipada o hipótesis es el punto de partida necesario para todo razonamiento experimental.
Si se experimentase sin idea preconcebida, se iría a la ventura, pero, por otro lado, si se observase con ideas preconcebidas, se harían malas observaciones y estaría uno expuesto a tomar las concepciones de su propio espíritu como realidad.
En toda experiencia se precisa un punto de partida, y ese punto de partida debe dar nacimiento a una idea preconcebida que se somete después a la verificación experimental.
Tras esto se comprende que la observación deba preceder siempre a la experimentación.
No confundan una idea preconcebida con una idea fija. Las ideas preconcebidas son necesarias, indispensables: no se funda nada sin ellas, solo que es preciso saber abandonarlas cuando ya no tienen razón de ser.
La idea preconcebida siempre es interrogativa, se trata de una pregunta dirigida a la naturaleza.
Es preciso escuchar fríamente la respuesta y dejar de repetir la pregunta cuando la respuesta sea la que fuere, haya sido dada.
Las investigaciones emprendidas acerca de un tema siempre tienen por punto de partida una hipótesis que tiene un hecho por origen.
Habrá siempre juicio por medio de una comparación que se apoya en dos hechos, uno que sirve de punto de partida y otro que sirve de conclusión al razonamiento.
Para instruirse es necesario comparar los hechos y juzgarlos por otros que ser sirvan de comprobación. Porque una observación puede servir de comprobación a otra.
Todas las ciencias quieren llegar al conocimiento de las leyes de los fenómenos, de manera que puedan preverlos, hacerlos variar y subyugarlos.
Con ayuda de estas ciencias experimentales activas, el hombre se convierte en un inventor de fenómenos, en un verdadero contramaestre de la creación.
La experiencia no es en el fondo más que una observación provocada con un objeto cualquiera.
Lo más común es que el experimentador haga una experiencia para comprobar o verificar el valor de una idea experimental.
Para razonar experimentalmente lo que se necesita es tener primero una idea, y después invocar o provocar hechos, es decir, observaciones para comprobar aquella.
Si una observación ya ha sido realizada y aun ha sido recogida por las manos de otro investigador entonces se tomará como ya existente y se la invocará simplemente para que sirva de verificación a la idea experimental.
Cuando el asunto sea enteramente oscuro e inexplorado, el fisiólogo no deberá temer obrar un poco al azar, para tratar de pescar en agua turbia.
En medio de las perturbaciones funcionales que producirá puede esperar ver surgir algún fenómeno imprevisto, que le dé una idea sobre la dirección que deba imprimir a sus investigaciones.
Esta especie de experiencia de tanteo podrían ser llamadas experiencias para ver, porque están destinadas a hacer surgir una observación de antemano imprevista e indeterminada, pero cuya aparición podrá sugerir una idea experimental y abrir una vía de investigación.
Hay casos en los cuales se experimenta sin tener una idea probable que verificar. En tales casos las experimentación no deja de tener por objeto provocar una observación, solo que la provoca con mira de encontrar una idea que le indique la vía ulterior que deba seguir en la investigación.
Se puede decir que la experiencia es una observación provocada con el objeto de hacer nacer una idea.
El observador debe observar sin idea preconcebida, su espíritu debe ser pasivo, es decir, debe callar y escuchar a la naturaleza y escribir siguiendo su dictado.
Para experimentar es absolutamente preciso hacerlo con una idea preconcebida.
El espíritu del experimentador debe ser activo, o sea que debe interrogar a la naturaleza y presentarle las cuestiones en todos los sentidos.
El experimentador debe obligar a la naturaleza a que se descubra atacándola y proponiéndole cuestiones, interrogándola en todos los sentidos, pero no debe jamás contestar por ella, ni escuchar incompletamente sus respuestas, ni solo tomar de la experiencia los resultados que favorezcan o confirmen la hipótesis.
El experimentador no debe aferrarse a su idea más que como un medio de solicitar una respuesta de la Naturaleza, pero debe someter esa idea a la Naturaleza y estar dispuesto a abandonarla, a modificarla o a cambiarla, según lo que le enseñe la observación de los fenómenos que haya provocado.
Una idea preconcebida ha sido y será siempre el primer móvil del espíritu investigador.
No se puede dictar leyes a la naturaleza, para llegar a la verdad se debe, por el contario, estudiar las leyes naturales y someter sus ideas a la experiencia, es decir, al criterio de los hechos.
El experimentador propone su idea como una interpretación anticipada de la Naturaleza, más o menos probable, de la cual deducen lógicamente consecuencias que confronta a cada instante con la realidad, por medio de la experiencia.
Una idea anticipada o hipótesis es el punto de partida necesario para todo razonamiento experimental.
Si se experimentase sin idea preconcebida, se iría a la ventura, pero, por otro lado, si se observase con ideas preconcebidas, se harían malas observaciones y estaría uno expuesto a tomar las concepciones de su propio espíritu como realidad.
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