lunes, 26 de septiembre de 2016

Augusto Comte (2)



La más terrible sensación que podemos experimentar es la que se produce siempre que un fenómeno parece contradecir las leyes naturales que nos son familiares.
Este deseo de disponer de los hechos en un orden que podamos concebir con facilidad es tan inherente a nuestra organización, que si no acertamos a satisfacerlo con concepciones positivas, recaemos inevitablemente en explicaciones teológicas  y metafísicas a las cuales eses deseo dio origen.
La ley general del movimiento fundamental de la humanidad consiste en que nuestras teorías tienden cada vez más a representar exactamente los objetos exteriores de nuestras constantes investigaciones.
Desde que la subordinación constante de la imaginación a la observación ha sido unánimemente reconocida como la primera condición fundamental de toda sana especulación científica, una viciosa interpretación ha llevado con frecuencia a abusar mucho de este gran principio lógico, para hacer degenerar la ciencia real en una especie de estéril acumulación de hechos incoherentes.
La previsión racional constituye el carácter principal del espíritu positivo. Esta previsión es la consecuencia necesaria de las relaciones constantes descubiertas entre los fenómenos.
La exploración directa de los fenómenos cumplidos no bastaría para permitirnos modificar su complimiento si no nos condujera a preverlo convenientemente.
Una razonable exploración del mundo exterior lo ha visto mucho menos coherente de lo que lo supone o lo desea nuestro entendimiento.
La irregular movilidad naturalmente inherente a toda idea de voluntad no puede en modo alguno avenirse con la constancia de las relaciones reales.
Por eso, a medida que se han ido conociendo las leyes física, el imperio de las voluntades sobrenaturales ha ido quedando cada vez más restringido, estando siempre especialmente consagrado a los fenómenos cuyas leyes permanecían ignoradas.
Según la teoría positiva de la Humanidad, demostraciones irrecusables, fundadas en la inmensa experiencia que actualmente posee nuestra especie, determinaría exactamente la influencia real y directa de cada acto, de cada habito y de cada inclinación de donde resultaría naturalmente las reglas de conducta más conformes al orden universal y que, por consiguiente, tendrá que resultar generalmente las mas favorables a la felicidad individual. La felicidad resulta sobre todo de una inteligente actividad.

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