
Pocos son los mortales que se dan cuenta de las ventajas múltiples que
proporciona el no sentir nunca vergüenza y en atreverse a todos.
El sabio se refugia en los libros de los antiguos de donde no extrae
sino meros artificios de palabras, mientras que el estúpido, arrimándose
a las cosas que hay que experimentar, adquiere la verdadera prudencia.
Descaminado anda quien no se acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no recuerda el precepto de aquel comensal de “o bebe o vete”.
Sera en verdad prudente quien se presta gustoso a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado junto con ella.
El sabio tiene dos lenguas, una de ellas es la que usa para decir la verdad y con otra, las cosas que considera conveniente según el momento.
Dirán algunos, sin embargo, que el equivocarse es lamentable, más lo es el no equivocarse.
Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un hombre que tiene la molestia de tener que ir siempre en línea recta, un imbécil que cree en la infalibilidad.
La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno.
Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos.
Para el hombre dichoso todos los países son su patria.
La locura es el origen de las hazañas de todos los héroes.
La felicidad consiste principalmente en resignarse a su suerte, en querer ser lo que se es.
Según la definición de los estoicos, si la sabiduría no es sino guiarse por la razón y, por el contrario, la estulticia dejarse llevar por el arbitrio de las pasiones, Júpiter, para que la vida humana no fuese irremediablemente triste y severa, nos dio más inclinación a las pasiones que a la razón.
El que toma las riendas del gobierno no debe ocuparse en sus asuntos propios, sino en los públicos; debe únicamente interesarse por el interés general, no apartarse ni lo ancho de un dedo de las leyes que él ha promulgado y de las que es ejecutor, y responder de la integridad de todos los funcionarios y magistrados.
Expuesto a las miradas del pueblo, puede ser como un astro benéfico que procura la máxima dicha de sus súbditos, o como maléfica estrella que acumula los mayores descalabros.
Los vicios de los demás ni se advierten ni se divulgan tan vastamente, pero él está en posición tal, que si en algo se aparta de la honestidad, ello se extiende a muchedumbre de personas como funesta peste.
Los reyes están, además, tan expuestos por su sino a encontrar al paso mil cosas que les suelen desviar de la rectitud, como son placeres, independencia, adulación y lujo, que han de agravar la vigilancia y redoblar el esfuerzo para mantenerse al margen de ellos y no dejar, engañados, de cumplir con el deber.
Descaminado anda quien no se acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no recuerda el precepto de aquel comensal de “o bebe o vete”.
Sera en verdad prudente quien se presta gustoso a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado junto con ella.
El sabio tiene dos lenguas, una de ellas es la que usa para decir la verdad y con otra, las cosas que considera conveniente según el momento.
Dirán algunos, sin embargo, que el equivocarse es lamentable, más lo es el no equivocarse.
Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un hombre que tiene la molestia de tener que ir siempre en línea recta, un imbécil que cree en la infalibilidad.
La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno.
Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos.
Para el hombre dichoso todos los países son su patria.
La locura es el origen de las hazañas de todos los héroes.
La felicidad consiste principalmente en resignarse a su suerte, en querer ser lo que se es.
Según la definición de los estoicos, si la sabiduría no es sino guiarse por la razón y, por el contrario, la estulticia dejarse llevar por el arbitrio de las pasiones, Júpiter, para que la vida humana no fuese irremediablemente triste y severa, nos dio más inclinación a las pasiones que a la razón.
El que toma las riendas del gobierno no debe ocuparse en sus asuntos propios, sino en los públicos; debe únicamente interesarse por el interés general, no apartarse ni lo ancho de un dedo de las leyes que él ha promulgado y de las que es ejecutor, y responder de la integridad de todos los funcionarios y magistrados.
Expuesto a las miradas del pueblo, puede ser como un astro benéfico que procura la máxima dicha de sus súbditos, o como maléfica estrella que acumula los mayores descalabros.
Los vicios de los demás ni se advierten ni se divulgan tan vastamente, pero él está en posición tal, que si en algo se aparta de la honestidad, ello se extiende a muchedumbre de personas como funesta peste.
Los reyes están, además, tan expuestos por su sino a encontrar al paso mil cosas que les suelen desviar de la rectitud, como son placeres, independencia, adulación y lujo, que han de agravar la vigilancia y redoblar el esfuerzo para mantenerse al margen de ellos y no dejar, engañados, de cumplir con el deber.
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