La más terrible sensación que podemos experimentar es la que
se produce siempre que un fenómeno parece contradecir las leyes naturales que
nos son familiares.
Este deseo de disponer de los hechos en un orden que podamos
concebir con facilidad es tan inherente a nuestra organización, que si no
acertamos a satisfacerlo con concepciones positivas, recaemos inevitablemente
en explicaciones teológicas y
metafísicas a las cuales eses deseo dio origen.
La ley general del movimiento fundamental de la humanidad
consiste en que nuestras teorías tienden cada vez más a representar exactamente
los objetos exteriores de nuestras constantes investigaciones.
Desde que la subordinación constante de la imaginación a la
observación ha sido unánimemente reconocida como la primera condición
fundamental de toda sana especulación científica, una viciosa interpretación ha
llevado con frecuencia a abusar mucho de este gran principio lógico, para hacer
degenerar la ciencia real en una especie de estéril acumulación de hechos
incoherentes.
La previsión racional constituye el carácter principal del
espíritu positivo. Esta previsión es la consecuencia necesaria de las
relaciones constantes descubiertas entre los fenómenos.
La exploración directa de los fenómenos cumplidos no
bastaría para permitirnos modificar su complimiento si no nos condujera a
preverlo convenientemente.
Una razonable exploración del mundo exterior lo ha visto
mucho menos coherente de lo que lo supone o lo desea nuestro entendimiento.
La irregular movilidad naturalmente inherente a toda idea de
voluntad no puede en modo alguno avenirse con la constancia de las relaciones
reales.
Por eso, a medida que se han ido conociendo las leyes
física, el imperio de las voluntades sobrenaturales ha ido quedando cada vez
más restringido, estando siempre especialmente consagrado a los fenómenos cuyas
leyes permanecían ignoradas.
Según la teoría positiva de la Humanidad, demostraciones irrecusables,
fundadas en la inmensa experiencia que actualmente posee nuestra especie,
determinaría exactamente la influencia real y directa de cada acto, de cada
habito y de cada inclinación de donde resultaría naturalmente las reglas de
conducta más conformes al orden universal y que, por consiguiente, tendrá que
resultar generalmente las mas favorables a la felicidad individual. La
felicidad resulta sobre todo de una inteligente actividad.








