lunes, 26 de septiembre de 2016

Augusto Comte (2)



La más terrible sensación que podemos experimentar es la que se produce siempre que un fenómeno parece contradecir las leyes naturales que nos son familiares.
Este deseo de disponer de los hechos en un orden que podamos concebir con facilidad es tan inherente a nuestra organización, que si no acertamos a satisfacerlo con concepciones positivas, recaemos inevitablemente en explicaciones teológicas  y metafísicas a las cuales eses deseo dio origen.
La ley general del movimiento fundamental de la humanidad consiste en que nuestras teorías tienden cada vez más a representar exactamente los objetos exteriores de nuestras constantes investigaciones.
Desde que la subordinación constante de la imaginación a la observación ha sido unánimemente reconocida como la primera condición fundamental de toda sana especulación científica, una viciosa interpretación ha llevado con frecuencia a abusar mucho de este gran principio lógico, para hacer degenerar la ciencia real en una especie de estéril acumulación de hechos incoherentes.
La previsión racional constituye el carácter principal del espíritu positivo. Esta previsión es la consecuencia necesaria de las relaciones constantes descubiertas entre los fenómenos.
La exploración directa de los fenómenos cumplidos no bastaría para permitirnos modificar su complimiento si no nos condujera a preverlo convenientemente.
Una razonable exploración del mundo exterior lo ha visto mucho menos coherente de lo que lo supone o lo desea nuestro entendimiento.
La irregular movilidad naturalmente inherente a toda idea de voluntad no puede en modo alguno avenirse con la constancia de las relaciones reales.
Por eso, a medida que se han ido conociendo las leyes física, el imperio de las voluntades sobrenaturales ha ido quedando cada vez más restringido, estando siempre especialmente consagrado a los fenómenos cuyas leyes permanecían ignoradas.
Según la teoría positiva de la Humanidad, demostraciones irrecusables, fundadas en la inmensa experiencia que actualmente posee nuestra especie, determinaría exactamente la influencia real y directa de cada acto, de cada habito y de cada inclinación de donde resultaría naturalmente las reglas de conducta más conformes al orden universal y que, por consiguiente, tendrá que resultar generalmente las mas favorables a la felicidad individual. La felicidad resulta sobre todo de una inteligente actividad.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Augusto Comte


Las ideas gobiernan y perturban el mundo. Todo el mecanismo social reposa finalmente en las ideas.
El conocimiento de las leyes de los fenómenos cuyo resultado constante es el de hacérnoslos prever, puede conducirnos a modificarlos en nuestros provecho.
Siempre que se ha realizado alguna acción importante, ha sido debido únicamente a que el conocimiento de las leyes naturales no ha permitido introducir, entre las determinadas circunstancias que concurren al cumplimiento de los diversos fenómenos, algunos elementos modificadores que son suficiente para hacer varias en provecho nuestro los resultados definitivos del conjunto de las causas exteriores.
El carácter fundamental de la filosofía positiva consiste en considerar todos los fenómenos como sujetos a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento preciso constituye la finalidad de nuestros esfuerzos.
Consideramos como absolutamente inaccesibles y vacías de sentido la búsqueda de lo que se llaman causas.
En las explicaciones positivas no tenemos la más mínima pretensión de exponer cuales sean las causas generadoras de los fenómenos, pretendemos analizar con exactitud las circunstancias de su producción y coordinar unos fenómenos con otros, mediantes relaciones normales de sucesión y similitud.
La revolución fundamental del saber positivo consiste esencialmente en sustituir en todo a la inaccesible determinación de las causas propiamente dichas, la mera investigación de las leyes, es decir, de las relaciones constantes que existen entre los fenómenos observados.
El verdadero espíritu positivo consiste ante todo en ver para prever, en estudiar lo que es, a fin de concluir de ellos lo que será. La ciencia para prever, la previsión para obrar.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Baltasar Gracián


El camino de la verdad y del acierto es único y dificultoso, para la perdición hay muchos médicos y pocos remedios.
Contra lo conveniente todas las cosas se conjuran, las circunstancias se despintan, la ocasión pasando, el tiempo huyendo, el lugar faltando, pero la inteligencia y la diligencia todo lo vence.
Tanto necesita la diligencia de la inteligencia, como al contrario. La una sin la otra vale poco, juntas pueden mucho. Esta ejecuta pronta lo que aquella detenida medita, y corona una diligente ejecución los aciertos de una bien intencionada atención.

martes, 20 de septiembre de 2016

Charles Maurice de Talleyrand


Talleyrand no daba ningún valor perdurable al primer impulso de su pensamiento, pues reconocía que era siempre producto de las circunstancias.
Absolutamente refractario a toda ideología, creía que su vocación y su tarea consistía en convertir en útiles esas mismas ideologías, haciéndolas servir lo mejor posible a las circunstancias.
El único don político de Talleyrand –tener siempre una idea oportuna- lo inducía a tomar su interés personal como base, pero mirando siempre al porvenir. Sabía hacer concordar su interés con la tendencia general de su tiempo.
Sabia por experiencia que a todos los sistemas de gobierno les falta una cualidad: la duración, y aunque los servía lealmente, prestaba una atención preferente al porvenir, dándose cuenta de que de este dependía también el suyo propio.
La verdadera primacía, la única útil y razonable, la única que conviene a los hombres libres e inteligentes, es la de ser el amor de sí mismo y no tener jamás la ridícula pretensión de serlo de los otros.
Ese llamado a la moderación no podía tener el valor de un principio político, cuando más constituía una actitud que Talleyrand no modifico durante toda su carrera y que le permitió servir a su país bajo diferentes amos. Esta clásica actitud de moderación emana de sus inclinaciones personales.
El mejor principio en política es no tener ningún principio, decía.
La famosa regla diplomática de Talleyrand es: nada de celo. Es la sabia regla de huir de todo exceso de celo.
Para Talleyrand los malos siempre permanecen malos. Todo es perdonable cuando los errores proviene de la inteligencia, pero cuando se ha pecado por el corazón no hay remedio ni excusas por consiguiente.
A Talleyrand lo que le ocupa siempre es el mañana.
Obedece a su máxima: nada de apuro.
No hay principios, no hay sino circunstancias, el hombre superior acepta los acontecimientos y las circunstancias para conducirles.
Talleyrand procedía de una familia aristocrática, que le destinó a la carrera eclesiástica sin que tuviera vocación para ello (vivió siempre como un sibarita, libertino y carente de escrúpulos). Ascendió en la jerarquía impulsado por su origen nobiliario: en 1780 era agente general del clero y en 1789 obispo de Autun.
En los Estados Generales que convocó Luis XVI en 1789 representó al estado eclesiástico y fue uno de sus escasos miembros que aceptaron los principios de la Revolución que se produjo en aquel mismo año.
Desde entonces se dedicó a la diplomacia, en la que demostró una gran habilidad y capacidad de supervivencia bajo diferentes regímenes políticos. Abandonó Francia cuando la Revolución Francesa tomó un rumbo radical bajo la dictadura de Robespierre.
Cuando el régimen radical fue derrocado por un golpe de Estado, Talleyrand regresó a Francia y sirvió como ministro de Asuntos Exteriores bajo el régimen del Directorio. El acceso al poder de Napoleón no le apartó del cargo, en el cual permanecería como uno de los grandes dignatarios del Consulado y del Imperio.
Sin embargo, se fue distanciando gradualmente del emperador por la insistencia de éste en su actitud expansionista y agresiva hacia Austria y Gran Bretaña. Dimitió en 1807.
Por entonces, Talleyrand conspiraba ya en secreto contra el emperador con Fouché. Cuando los ejércitos aliados derrotaron a Napoleón en 1814, Talleyrand contribuyó a restaurar a los Borbones en el Trono de Francia; y, en consecuencia, formó parte de su gobierno provisional, primero como primer ministro y luego como ministro de Exteriores.
Como tal representó a Francia en el Congreso de Viena (1815), que diseñó un equilibrio europeo destinado a perdurar durante medio siglo; aprovechando las disensiones entre los antiguos aliados consiguió que la derrota militar de Francia no se tradujera en un castigo diplomático demasiado gravoso. Sin embargo, la animadversión de los ultrarrealistas, que no le perdonaban su compromiso con la Revolución, le apartó enseguida de la política.
Apoyó la Revolución de 1830 que llevó al Trono a Luis Felipe de Orleans; y colaboró con el nuevo régimen constitucional como embajador en Londres. Se retiró de la política en 1834.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Arthur Schopenhauer


Cualquier aspiración no puede ser perseguida con probabilidades de éxito si no renunciamos a toda otra pretensión, desistiendo de todo lo que sea ajeno a nuestro fin.
De aquí que el mero querer ni aun el poder no basten por si solos, sino que el hombre necesita saber lo que quiere y lo que puede, solo así mostrará carácter y podrá hacer bien lo que haga.
La experiencia es quien de enseñarnos lo que queremos y lo que podemos, mientras tanto no lo sabemos y lo que nos abre los ojos son los golpes adversos.

Cuando hayamos conocido donde termina nuestro poder y donde empieza nuestra impotencia, desarrollaremos mejores dotes, aplicándolas y utilizándolas de todas la manera en la dirección más provechosa y necesaria.
Trataremos de evitar, aunque tengamos que luchar con nosotros mismos, todo que exceda de nuestras facultades nativas y nos guardaremos de emprender nada que estemos seguros de fracasar.
Querer y ambicionar es la esencia del hombre, pero la base de todo querer es la falta de algo, la privación, el sufrimiento. Por su origen y por su esencia la voluntad está condenada al dolor.
La vida como péndulo oscila constantemente entre el dolor y el hastío, que son en realidad sus elementos constitutivos.
¡Cuán difícil es llegar a un fin, lograr algún deseo! Tropezamos siempre con mil dificultades, a cada paso se acumulan los obstáculos.
Un querer enérgico aparecen en los grandes caracteres de la historia.
Trata de conocer primeramente los objetos que quieres y busca luego los medios para llegar a ellos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Claude Bernard (4)


En las ciencias experimentales las relaciones están rodeadas de fenómenos menos numerosos, complejos y variados, que las ocultan a nuestros miradas. Con ayuda de la experiencia analizamos y disociamos estos fenómenos, a fin de reducirlos a relaciones y condiciones más o más simples.
Para concluir con la certidumbre que una condición dada es la causa próxima de un fenómeno, no basta haber probado que tal condición precede o acompaña siempre al fenómeno sino que es preciso establecer, además, que suprimida la condición, el fenómeno ya no tendrá lugar.
Limitándose a la sola prueba de presencia se podría a cada instante incurrir en error y creer en relaciones de causa y efecto, cuando no hay más que una simple coincidencia.
Las coincidencias constituyen uno de los escollos más graves que encuentra el método experimental. La contraprueba suprime la causa admitida, para ver si el efecto persiste.
Toda la filosofía natural se resumen en esto: conocer la ley de los fenómenos. Todo el problema experimental se reduce a esto otro: prever y dirigir los fenómenos.
Hay un determinismo absoluto en todas las ciencias, porque estando encadenado cada fenómeno, de una manera necesaria, el sabio puede modificarla las condiciones para dominar al fenómeno, es decir, para impedir o favorecer su manifestación.
Partiendo del principio de que hay leyes inmutables, el experimentador estará convencido de que jamás pueden contradecirse los fenómenos, sin son observado en las mismas condiciones y sabrá que si ofrecen variaciones esto depende necesariamente de la intervención o de la interferencia de otras condiciones que disfrazan o modifican estos fenómenos.
Digo que la palabra excepción es anticientífica, en efecto, puesto que las leyes son conocidas, no podría haber excepción y esta expresión no nos sirve más que para permitirnos hablar de cosas cuyo determinismo ignoramos.
Lo que se llama actualmente excepción es simplemente un fenómeno del que una o muchas condiciones son desconocidas y si las condiciones de los fenómenos de que se habla fueran conocidas, no habría excepciones.
Hay que considerar al cuerpo en el cual se verifica el fenómeno y a las circunstancias exteriores o medio que terminar o solicita al cuerpo a manifestar sus propiedades.
La reunión de estas condiciones es indispensable para la manifestación del fenómeno. Si se suprime el medio, el fenómeno desaparece, lo mismo que si se hubiera suprimido el cuerpo.
Los fenómenos se nos presentan como simples efectos de contacto o de relación de un cuerpo con su medio.
El problema se reduce a determinar únicamente las circunstancias materiales en las cuales aparece el fenómeno. Después, siéndole ya conocidas estas condiciones, con realizarlas o no, puede dominar el fenómeno, estos es, hacerlo aparecer o desaparecer según su voluntad.
No podemos gobernar los fenómenos de la Naturaleza más que sometiéndonos a las leyes que los rigen.
El experimentador no puede más que modificar los fenómenos naturales, no le es dado crearlo ni anonadarlos, porque no se puede cambiar las leyes de la naturaleza.
Las ciencias no han tomado vuelto hasta que la autoridad de los libros ha quedado sustituida por la autoridad de los hechos.
Cuando el hecho que se encuentra está en oposición con una teoría reinante, es preciso aceptar el hecho y abandonar la teoría, aun cuando esta, sostenida por grandes nombres, este generalmente adoptada.
El verdadero progreso consiste en cambiar de teorías para tomar otra nueva que vayan más lejos que las primeras, hasta que se encuentre una que esté basada en un gran número de hechos.
Las teorías no son más que hipótesis verificadas, por un número más o menos considerable de hechos, las que son verificadas por el mayor número de hechos son las mejores.
Todos los conocimientos humanos han comenzado forzosamente por observaciones fortuitas.
El hombre no podía, en efecto, tener conocimiento de las cosas sino después de haberlas visto, y la primera vez necesariamente ha tenido que verlas por casualidad.

Friedrich Nietzsche (La gaya ciencia) (2)


Durante largas edades la inteligencia no engendró más que errores. Algunos de ellos resultaron útiles para la conservación de la especie el que dio con ellos o los recibió en herencia pudo luchar por la vida en condiciones más ventajosas y legó este beneficio a sus descendientes. Muchos de estos errores artículos de fe, transmitidos por herencia, han llegado a formar un fondo y caudal humano. Se admitió, por ejemplo, que existen cosas iguales, que hay objetos, substancias, cuerpos, que las cosas son lo que parecen ser, que nuestra voluntad es libre, que lo que es bueno para algunos es bueno en sí.
Muy tarde aparecieron los que negaron y pusieron en duda semejantes proposiciones, y muy tardíamente también surgió la verdad, la forma menos eficaz del conocimiento. Parece que no podemos vivir con ella, pues nuestro organismo está dispuesto para lo contrario de la verdad; todas sus funciones superiores, las percepciones de los sentidos, y en general toda sensación, se amolda a esos antiguos y fundamentales errores, que aquellos se han asimilado.
Más aún dichas proposiciones erróneas llegaron a ser, en la esfera del conocimiento, normas con arreglo a las cuales se apreciaba lo verdadero y lo no verdadero hasta en las cosas más distantes de la lógica pura. Luego la fuerza del conocimiento no reside en el grado de verdad que tenga, sino en su antigüedad, en su grado de asimilación, en su carácter de condición vital. Y aún en aquellos puntos en que estas dos cosas, vivir y conocer, parecen hallarse en contradicción, jamás ha habido lucha verdadera entre ellas, pues en esta esfera es la negación y la duda serían una locura.

Friedrich Nietzsche (La gaya ciencia)


¿Cómo se formó la lógica en la cabeza del hombre? Sin duda mediante lo ilógico, cuya esfera debió ser inmensa primitivamente. Parece cada vez más cierto que han ido desapareciendo innumerables seres que discurrían diferentemente de cómo nosotros que escurrimos. Aquel que no acertaba, por ejemplo, a descubrir semejanzas en lo relativo a los alimentos o los animales enemigos del hombre, el que establecía con demasiada lentitud las categorías o era demasiado circunspecto en la subsunción o clasificación de las ideas, disminuía sus probabilidades de duración mucho más que aquel otro que en presencia de cosas parecidas deducía inmediatamente su igualdad.
De suerte que una inclinación predominante a considerar desde el primer instante las cosas parecidas como iguales, propensión ilógica en realidad, pues no hay cosa que sería igual a otra, fue quien echó primeramente los cimientos de la lógica. De igual manera, para que se formase la noción de sustancia indispensable para la lógica, fue preciso que por mucho tiempo no se viera ni sintiese lo que hay de mudable en las cosas.
Los seres que no veían esto con exactitud tuvieron una ventaja sobre aquellos que advertían las fluctuaciones de las cosas. Todo grado superior de circunspección en las conclusiones, toda propensión al escepticismo es ya de por sí un gran peligro para la vida.
Ningún ser viviente hubiese logrado conservarse si no se hubiera desarrollado con intensidad extraordinaria la inclinación contraria a aquella: la propensión a afirmar cualquier cosa antes que suspender el juicio, a engañarse y amplificar antes que esperar, a aprobar antes que negarse a juzgar como quiera que sea antes que ser meticuloso.
Causa y efecto: he ahí una dualidad que probablemente no existe. En realidad lo que tenemos delante es una continuidad, de la cual aislamos algunas partes, de la misma manera que percibimos un movimiento como una serie de puntos aislados, pero no lo vemos, lo suponemos. En ese veloz segundo hay una infinidad de fenómenos que se nos escapan. Una inteligencia que viese las causas y los efectos en forma de continuidad no a la manera que nosotros los vemos, en arbitrario fraccionamiento, que viese, en suma, el curso de los acontecimientos, negaría los conceptos de causa y efecto y toda condicionalidad.
El hombre ha sido criado por sus errores: en primer lugar, se ve siempre incompletamente y nada más, en segundo lugar, se atribuye cualidades imaginarias, en tercer lugar, se figurara hallarse en una relación, que es falsa, con la naturaleza, y en cuarto inventa tablas de bienes siempre nuevas, que por espacio de algún tiempo considera, no obstante, como eternas y absolutas.

Claude Bernard (3)



Las ideas experimentales de ninguna manera son innatas. No surgen espontáneamente, sino que necesitan un excitante exterior. Para tener una primera idea de las cosas, es necesario ver dichas cosas, para tener una idea sobre un fenómeno de la Naturaleza, es preciso observarlo primero.
De tal manera el espíritu del hombre no puede concebir un efecto sin causa, que la vista de un fenómeno despierta siempre en él una idea de causalidad.
Todo el conocimiento humano se reduce a ascender de los efectos observados a su causa.
Después de la observación se presenta al espíritu una idea relativa a la causa del fenómeno observador, luego esta idea anticipada es introducida a un razonamiento en virtud del cual se hacen experiencias para comprobarla.
La hipótesis experimental debe estar siempre fundada en una observación anterior.
El experimentador debe dudar, huir de las ideas fijas y conserva siempre su libertad de espíritu.
Si se cree demasiado, el espíritu se encuentra atado  y restringido por las consecuencias de su propio razonamiento, ya no tiene libertad de acción y por consiguiente le falta iniciativa que posee quien sabe sustraerse a esta fe ciega en las teorías.
Vale mas no saber nada que tener en el ánimo ideas fijas apoyadas sobre teorías cuya confirmación se busca siempre, despreciando todo lo que no va de acuerdo con ellas.
Los hombres que tienen una fe excesiva en sus teorías o en sus ideas no solo están mal dispuestos para hacer descubrimientos sino que también hacen muy mala observaciones.
Observan necesariamente con una idea preconcebida y cuando realizan una experiencia no quieren ver en sus resultados más que una confirmación de su teoría, desfiguran así la observación y desprecian frecuentemente hechos muy importantes, porque no corresponden a su propósito.
Es necesario aceptar los resultados de la experiencia tales cuales so presentan, con todo lo imprevisto que tengan y con todos sus accidentes.
Es preciso que se desvanezca la opinión propia y la de los demás ante las decisiones de la experiencia.
Las ideas no son más que instrumentos intelectuales que nos sirven para penetrar en los fenómenos.
Cuando atrae nuestra atención un fenómeno natural cualquiera nos formamos una idea sobre la causa lo determina.
Lo mismo que en todos los demás actos, el sentimiento es el que decide a obrar.
El sentimiento es el único que dirige al espíritu.
En todo razonamiento experimental hay dos casos posibles: el de que la hipótesis sea confirmada o el de que por contrario sea debilitada por la experiencia.
Cuando la experiencia la debilita, el experimentador debe desechar o modificar su idea preconcebida.
Son los hechos lo que juzgan de la idea. Solo los hechos son reales y es preciso atenerse a ellos de una manera completa y exclusiva.
El principio absoluto de las ciencias experimentales es unos determinismos necesario en las condiciones de los fenómenos, de suerte que dado un fenómeno natural, jamás un experimentador podrá admitir que pueda variar la expresión de él, sin que al mismo tiempo no hayan sobrevenido condiciones nuevas en su manifestación.
La experiencia no hace más que mostrarnos la forma de los fenómenos, pero la relación de un fenómeno con una causa determinada es por fuerza matemática y absoluta.

martes, 13 de septiembre de 2016

Claude Bernard (2)

Claude Bernard (2)
En toda experiencia se precisa un punto de partida, y ese punto de partida debe dar nacimiento a una idea preconcebida que se somete después a la verificación experimental.
Tras esto se comprende que la observación deba preceder siempre a la experimentación.
No confundan una idea preconcebida con una idea fija. Las ideas preconcebidas son necesarias, indispensables: no se funda nada sin ellas, solo que es preciso saber abandonarlas cuando ya no tienen razón de ser.
La idea preconcebida siempre es interrogativa, se trata de una pregunta dirigida a la naturaleza.
Es preciso escuchar fríamente la respuesta y dejar de repetir la pregunta cuando la respuesta sea la que fuere, haya sido dada.
Las investigaciones emprendidas acerca de un tema siempre tienen por punto de partida una hipótesis que tiene un hecho por origen.
Habrá siempre juicio por medio de una comparación que se apoya en dos hechos, uno que sirve de punto de partida y otro que sirve de conclusión al razonamiento.
Para instruirse es necesario comparar los hechos y juzgarlos por otros que ser sirvan de comprobación. Porque una observación puede servir de comprobación a otra.
Todas las ciencias quieren llegar al conocimiento de las leyes de los fenómenos, de manera que puedan preverlos, hacerlos variar y subyugarlos.
Con ayuda de estas ciencias experimentales activas, el hombre se convierte en un inventor de fenómenos, en un verdadero contramaestre de la creación.
La experiencia no es en el fondo más que una observación provocada con un objeto cualquiera.
Lo más común es que el experimentador haga una experiencia para comprobar o verificar el valor de una idea experimental.
Para razonar experimentalmente lo que se necesita es tener primero una idea, y después invocar o provocar hechos, es decir, observaciones para comprobar aquella.
Si una observación ya ha sido realizada y aun ha sido recogida por las manos de otro investigador entonces se tomará como ya existente y se la invocará simplemente para que sirva de verificación a la idea experimental.
Cuando el asunto sea enteramente oscuro e inexplorado, el fisiólogo no deberá temer obrar un poco al azar, para tratar de pescar en agua turbia.
En medio de las perturbaciones funcionales que producirá puede esperar ver surgir algún fenómeno imprevisto, que le dé una idea sobre la dirección que deba imprimir a sus investigaciones.
Esta especie de experiencia de tanteo podrían ser llamadas experiencias para ver, porque están destinadas a hacer surgir una observación de antemano imprevista e indeterminada, pero cuya aparición podrá sugerir una idea experimental y abrir una vía de investigación.
Hay casos en los cuales se experimenta sin tener una idea probable que verificar. En tales casos las experimentación no deja de tener por objeto provocar una observación, solo que la provoca con mira de encontrar una idea que le indique la vía ulterior que deba seguir en la investigación.
Se puede decir que la experiencia es una observación provocada con el objeto de hacer nacer una idea.
El observador debe observar sin idea preconcebida, su espíritu debe ser pasivo, es decir, debe callar y escuchar a la naturaleza y escribir siguiendo su dictado.
Para experimentar es absolutamente preciso hacerlo con una idea preconcebida.
El espíritu del experimentador debe ser activo, o sea que debe interrogar a la naturaleza y presentarle las cuestiones en todos los sentidos.
El experimentador debe obligar a la naturaleza a que se descubra atacándola y proponiéndole cuestiones, interrogándola en todos los sentidos, pero no debe jamás contestar por ella, ni escuchar incompletamente sus respuestas, ni solo tomar de la experiencia los resultados que favorezcan o confirmen la hipótesis.
El experimentador no debe aferrarse a su idea más que como un medio de solicitar una respuesta de la Naturaleza, pero debe someter esa idea a la Naturaleza y estar dispuesto a abandonarla, a modificarla o a cambiarla, según lo que le enseñe la observación de los fenómenos que haya provocado.
Una idea preconcebida ha sido y será siempre el primer móvil del espíritu investigador.
No se puede dictar leyes a la naturaleza, para llegar a la verdad se debe, por el contario, estudiar las leyes naturales y someter sus ideas a la experiencia, es decir, al criterio de los hechos.
El experimentador propone su idea como una interpretación anticipada de la Naturaleza, más o menos probable, de la cual deducen lógicamente consecuencias que confronta a cada instante con la realidad, por medio de la experiencia.
Una idea anticipada o hipótesis es el punto de partida necesario para todo razonamiento experimental.
Si se experimentase sin idea preconcebida, se iría a la ventura, pero, por otro lado, si se observase con ideas preconcebidas, se harían malas observaciones y estaría uno expuesto a tomar las concepciones de su propio espíritu como realidad.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Claude Bernard (1)

Introducción al estudio de la medicina experimental (1865)

¿Cómo sabemos todo lo que sabemos –que tal acontecimiento ocurrirá, que tal combinación de circunstancias producirá tal resultado- sino por analogía con la experiencia pasada?
Lo que ha sucedido una vez tendrá, invariablemente, que volver a suceder cuando se produzcan las mismas circunstancias en idéntico modo.
El método experimental no es otra cosa que un razonamiento por el cual sometemos metódicamente nuestras ideas a la experiencia de los hechos.
El hombre solo puede observar los fenómenos que le rodean dentro de límites muy restringidos, la mayoría escapa del modo natural de los sentidos y la simple observación no le es suficiente.
La investigación está destinada a hacernos descubrir y comprobar los fenómenos más o menos ocultos que nos rodean.
La observación se hace a veces sin idea preconcebida y por azar, y las otras con idea preconcebida, es decir con intención de verificar la exactitud de un punto de vista del espíritu.
La experiencia queda caracterizada por el solo hecho de que el sabio compruebe los fenómenos que ha provocado artificialmente y los cuales no se le presentarían de método natural.
Implica la idea de una variación o de una alteración intencionalmente aportada por el investigador en las condiciones de los fenómenos generales.
En la naturaleza no hay nada desordenado, ni anormal, todo sucede según leyes que son absolutas, es decir, siempre normales y determinadas.
Los efectos varían en razón de las condiciones que los manifiestan pero las leyes no varían. El intento de ensayos y pruebas con el fin de adquirir hechos de los cuales pueda sacar el espíritu un conocimiento o una enseñanza.
El sabio se instruye cada día mediante la experiencia, por ella corrige incesantemente sus ideas, sus teorías, rectificándolas para ponerlas en armonía con un numero de hechos cada vez mayor y acercándose así cada vez más a la verdad.
La experiencia puede adquirirse mediante un razonamiento empírico e inconsciente, pero esta marcha oscura y espontanea del espíritu ha sido erigida por el sabio en un método claro y razonado, que entonces produce mas rápidamente y de manera consciente hacia un fin determinado.
La experiencia es la única fuente de los conocimientos humanos. El espíritu no tiene en si otra cosa que el sentimiento de una relación necesaria entre las cosas pero no puede conocer la forma de esta relación sino por la experiencia.
El arte de obtener hechos exactos por medio de una investigación rigurosa.
El arte de utilizarlos a fin de que salga de ellos el conocimiento de las leyes de los fenómenos.
Si los hechos que sirven de base al razonamiento son erróneos o están más establecidos, todo se desmoronaría y resultará falso, pero eso es lo más frecuente que los errores en las teorías científicas tengan por origen errores de hecho.
Primero observación causal, luego construcción lógica de una hipótesis basada en las observación y finalmente, verificación de la hipótesis mediante experimentos adecuados, para demostrar lo verdadero y lo falso de la suposición.

martes, 6 de septiembre de 2016

Richelieu por Hilaire Belloc

Los actos de los hombres nunca corresponden exactamente a su propósito inicial, sino que, antes bien, lo van rebasando más y más.
Pues los hombres menudos pueden en planear con cierta precisión sus triunfos y llevar a cabo su programa más o menos a perfecta satisfacción, durante el curso de sus vidas menudas y con arreglo a sus menudos deseos.
Pero los que sirven de instrumento para las más profundas modificaciones de la humanidad se hayan más condenados a la ceguera.
Continuamente nos está mostrando la historia como un solo hombre realiza y es el verdadero creador de un acontecimiento capital. Por otra parte, no siempre este acontecimiento tendrá las consecuencias por él esperadas.
En todas las grandes empresas siempre encontraremos un hombre en su punto de origen. Un hombre favorecido con ciertas oportunidades y ocasiones sin las cuales no habría podido hacer lo que hizo, pero también hay que reconocer que aquellas circunstancias favorables pesaban menos que los obstáculos que le fue preciso superar.
En los detalles de la diplomacia de Richelieu hubo, como es natural en toda diplomacia, una gran parte de insinceridad. A fin de sobreponerse a sus adversarios, tuvo continuamente que simular el deseo de cosas muy distintas de las que en realidad ambicionaba.
Su voluntad extraordinaria no admite parangón en toda la historia de Europa. Pues realmente no hay figura creadora en la historia cuya voluntad fuera tan sostenida y uniforme durante tan largo período.
Esta voluntad era de una condición muy semejante a la que encontramos en los fenómenos del mundo físico, como ellos ineluctable, de una regularidad precisa y de resultados inmutables.
Para calificar la voluntad de Richelieu tendríamos que recurrir a un término que no tuviese concomitancia alguna con la idea de esfuerzo, ni de alternativa, ni de limitaciones. Así quizás el adjetivo más aproximado sería el de absoluto: una voluntad absoluta.
Los que pretenden llegar a las alturas políticas por sí mismos no tienen otro remedio que descender a ciertas bajezas en sus comienzos.
El mismo nos ha dicho sus reglas para llegar: hablar poco, escuchar mucho, fingir interés en la necesidad de los superiores, adular hacerse y temer.
Habría podido añadir: tragarse las injurias, aplazar la venganza, vigilar de continuo a todos aquellos en nuestro derredor que utilizan en todo momento los mismos talentos y vicios que nosotros para avanzar a su vez y que, por consiguiente, nos pondrán toda clase de trabas y se esforzarán por suplantarnos si conseguimos llegar a la meta.
Richelieu simuló la amistad, no sintió los mayores escrúpulos para mentir y engañar y aceptó de buena gana la protección de aquellos que, más tarde, había de aniquilar.
Este carácter militar iba acompañado en él, no sólo de un juicio seguro sobre los hombres, sino también, cualidad rara vez aliada a una tal seguridad de juicio, de una disposición natural a escuchar el consejo de los demás.
Napoleón fue su igual o aun su superior, en la primera de estas cualidades pero manifiestamente inferior en la segunda.
Richelieu tenía juicio práctico, lleno de realidad, que acepta la jerarquía de la sociedad tal como la encuentra y toma a los hombres por lo que habitualmente son.
Carece, por tanto, de esa hambre y sed de justicia tan perturbadora y que tan a menudo pone la sociedad en peligro. En esta indiferencia por la justicia se aparta de la corriente central de las aspiraciones francesas pues en defensa de la justicia, aunque fuere a expensas del orden, los franceses no han vacilado en bordear la anarquía una y otra vez.
Debemos señalar en Richelieu una característica realmente sorprendente: poseía una facultad de que en general carecen sus compatriotas, él sabía que la poseía y se daba cuenta de la singularidad del don. Esta cualidad era la perseverancia.
Un factor esencial en la especie de trama que tejió fue el largo y lento aprendizaje a que se vio condenado. Pero es un detalle característico de él que este aprendizaje fuera por su propia voluntad. Pues no fue la necesidad lo que lo impulsara a seguir aquella trayectoria.
Desde un comienzo se esforzó hacia donde le llevaba su deseo, alcanzandolo solamente después de un largo camino recorrido, lleno de obstáculos y desengaños, pero sin que estos lograran jamás abatir su valor. Richelieu nunca dejó al azar lo que puede lograrse por el cálculo, tampoco nunca dejó pasar una oportunidad favorable.
Richelieu aconseja: contestar a las preguntas de manera que, evitando el descrédito que le sigue la mentira descubierta, se eviten también los peligros de decir la verdad.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Erasmo de Rotterdam



Pocos son los mortales que se dan cuenta de las ventajas múltiples que proporciona el no sentir nunca vergüenza y en atreverse a todos.
El sabio se refugia en los libros de los antiguos de donde no extrae sino meros artificios de palabras, mientras que el estúpido, arrimándose a las cosas que hay que experimentar, adquiere la verdadera prudencia.
Descaminado anda quien no se acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no recuerda el precepto de aquel comensal de “o bebe o vete”.
Sera en verdad prudente quien se presta gustoso a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado junto con ella.
El sabio tiene dos lenguas, una de ellas es la que usa para decir la verdad y con otra, las cosas que considera conveniente según el momento.
Dirán algunos, sin embargo, que el equivocarse es lamentable, más lo es el no equivocarse.
Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un hombre que tiene la molestia de tener que ir siempre en línea recta, un imbécil que cree en la infalibilidad.
La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno.
Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos.
Para el hombre dichoso todos los países son su patria.
La locura es el origen de las hazañas de todos los héroes.
La felicidad consiste principalmente en resignarse a su suerte, en querer ser lo que se es.
Según la definición de los estoicos, si la sabiduría no es sino guiarse por la razón y, por el contrario, la estulticia dejarse llevar por el arbitrio de las pasiones, Júpiter, para que la vida humana no fuese irremediablemente triste y severa, nos dio más inclinación a las pasiones que a la razón.
El que toma las riendas del gobierno no debe ocuparse en sus asuntos propios, sino en los públicos; debe únicamente interesarse por el interés general, no apartarse ni lo ancho de un dedo de las leyes que él ha promulgado y de las que es ejecutor, y responder de la integridad de todos los funcionarios y magistrados.
Expuesto a las miradas del pueblo, puede ser como un astro benéfico que procura la máxima dicha de sus súbditos, o como maléfica estrella que acumula los mayores descalabros.
Los vicios de los demás ni se advierten ni se divulgan tan vastamente, pero él está en posición tal, que si en algo se aparta de la honestidad, ello se extiende a muchedumbre de personas como funesta peste.
Los reyes están, además, tan expuestos por su sino a encontrar al paso mil cosas que les suelen desviar de la rectitud, como son placeres, independencia, adulación y lujo, que han de agravar la vigilancia y redoblar el esfuerzo para mantenerse al margen de ellos y no dejar, engañados, de cumplir con el deber.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Fenelón



Los que no han sufrido no saben nada. No conocen ni el bien ni el mal, no conocen a los hombres ni se conocen a si mismos.
Si queréis formar juicio acerca de un hombre, observad quienes son sus amigos.
El sufrimiento depende no tanto de lo que se padece cuanto de nuestra imaginación, que aumenta nuestros males.
El verdadero valor consiste en prever todos los peligros y despreciarlos cuando llegan a hacerse inevitables.
El verdadero medio de ganar mucho consiste en no querer nunca ganar demasiado.