El empirista es el amante de los hechos en su variedad más cruda. El racionalista es el devoto de principios eternos y abstractos.
Todo se halla necesariamente determinado y sin embargo, por supuesto, que nuestras voluntades son libres, así pues una clase especial de determinismo del libre albedrío será la verdadera filosofía.
El hombre no da leyes a la naturaleza, sino que las recibe. Ella es quien se mantiene firme y él quien debe acomodarse.
Él ha de registrar la verdad, por inhumana que sea y someterse a ella.
El método pragmático trata de interpretar cada noción trazando sus respectivas consecuencias prácticas.
¿Qué diferencia de orden práctico supondría para cualquiera que fuera cierta tal noción en vez de su contraria? Si no puede trazarse cualquier diferencia práctica, entonces las alternativas significan la misma cosa y toda disputa es vana.
Cuando la discusión sea seria debemos ser capaces de mostrar la diferencia práctica que implica que tenga razón una o otra parte. Para lograr una perfecta claridad en nuestros pensamientos de un objeto necesitamos solo considerar que efectos concebibles de orden práctico puede implicar el objeto.
¿En qué aspecto variaría el mundo si fuera cierta esta alternativa o la otra? Si no puedo encontrar nada que llegue a ser diferente, entonces la alternativa no tiene sentido.
Un significado que no sea práctico es para nosotros como si no existiera.
Sorprende realmente advertir cuantas discusiones filosóficas perderían su significado si se las sometiera a esta sencilla prueba de señalar una consecuencia concreta.
Toda la función de la filosofía debería consistir en hallar que diferencias nos ocurrirían, en determinados instantes de nuestra vida, si fuera cierta esta o aquella formula del mundo.
El pragmatismo representa una actitud empírica de un modo más radical. Se aleja de abstracciones, de principios inmutables y de sistema cerrados.
Se vuelve hacia lo concreto y lo adecuado, hacia los hechos, hacia la acción y el poder.
Cualquier idea que nos conduzca prósperamente, ahorrando trabajo, es verdadera.
El pragmatista quiere hechos, habla de las verdades en plural, sobre su utilidad y suficiencia, del éxito de su actuación.
El pragmático pende de los hechos y de lo concreto, observa la verdad tal como se da en los casos particulares y generaliza.
Si no pueden deducirse de nuestras hipótesis futuros pormenores de experiencia o conducta, el debate entre materialismo y teísmo resulta perfectamente inútil e insignificante.
Los científicos no atienden a las disputas filosóficas que no entrañen alguna consecuencia futura.
El libre albedrio, pragmáticamente significa novedades en el mundo, el derecho a esperar que en sus más profundos elementos como en sus más superficiales fenómenos el futuro no se repita imitando idénticamente al pasado.
Admitida como cierta una idea o creencia ¿Qué diferencia concreta de deducirá de ello para la vida real de un individuo? ¿Qué experiencias serán diferente de las que se obtendrían si estas creencia fueran falsas? ¿Cuál es en términos de experiencia, el valor efecto de la verdad?
La posesión de pensamientos verdaderos significa en todas partes la posesión de unos inestimables instrumento de acción.
Vivimos en un mundo de realidades que puede ser infinitamente útiles o infinitamente perjudiciales.
La posesión de la verdad, lejos de ser aquí un fin en sí mismo, es solamente un medio preliminar hacia otras satisfacciones vitales.
El pragmatismo obtiene su noción de la verdad, como algo esencialmente ligado con el modo en que el que en un momento nuestras experiencia puede conducirnos hacia otros momentos a los que se vale la pena ser conducida.
¡Ay de aquel cuyas creencias no se ajuntan al orden que siguen las realidades! No le conducirán a ninguna parte o le harán establecer falsas conexiones.
Tendremos que vivir hoy con arreglo a la verdad que podemos obtener hoy y estar dispuesto a llamarla falsedad mañana.
Todas las nociones pragmáticas vuelven su rostro hacia los hechos concretos y hacia el futuro.
Nuestra obligación de buscar la verdad es parte de nuestra obligación general de hacer lo que vale la pena.
La retribución que aportan las ideas verdaderas es la única razón para seguirlas.
Las creencias falsas actúan a la larga tan perniciosamente como beneficiosamente actúan las creencias verdaderas.
Debe preferirse siempre una verdad a una falsedad cuando se relacionan ambas con una situación dada, pero cuando no ocurre así la verdad no constituye más debe que la mentira.
Para el racionalismo la realidad está ya hecho y completa desde la determinada, en tanto que para el pragmatismo la realidad esta aun haciéndose y espera del futuro parte de su estructura.
Según los principios pragmatistas no podemos rechazar hipótesis alguna si de ella se desprenden consecuencias útiles para la vida.
Los pesimistas creen imposible la salvación del mundo. Los optimistas juzgan inevitable la salvación del mundo.
Los pragmatistas no consideran la salvación necesaria ni imposible, sino una posibilidad que se hace tanto más probable a medida que se hacen más numerosas las condiciones reales de salvación.
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