La filosofía no tiene en cuenta ese espíritu,
mas tan cierto como que el alma existe, el espíritu de la perversidad.
Creo que la perversidad es uno de los principales impulsos del corazón
humano, una de las primeras facultades o sentimiento invisible que
imprimen la dirección al carácter humano. ¡Quien no se ha sorprendido
cien veces consumando en un acto necio o vil solo porque estaba
persuadido de que no debía cometerle! ¿No tenemos por ventura una
constante inclinación a pesar de la excelencia de nuestro juicio a violar lo que es la ley simplemente porque comprendemos que es la ley?
Ese ardiente deseo del alma de hacer mal solo por amor al mal fue lo
que me impulsó a continuar. Hasta el punto de admitir como principio
original e innato de la acción humana un no sé qué de paradójico que
nosotros, a falta de expresión más propia, llamaremos perversidad.
Esto es realmente un móvil sin causa, un motivo sin fundamento. Por su influjo obramos sin objeto inteligible. Podemos modificar la proposición diciendo que bajo su influjo obramos sin una razón porque no debemos hacerlo. No puede haber en lógica una razón más anti racional, pero de hecho no hay nada más exacto. En ciertos espíritus especiales llega a ser absolutamente irresistible.
La certeza del pecado o error que un acto lleva consigo es con frecuencia la única fuerza irresistible que nos obliga a ejecutarlo.
Y esta tendencia que nos induce a hacer el mal por el mal mismo no admite análisis ni descomposición alguna. Si persistimos en ciertos actos es porque sabemos que no deberíamos persistir en ellos. Un cierto no sé qué, a que llamo perversidad, no solamente no despierta el deseo de la dicha sino más bien aparece un sentimiento completamente antagónico.
Esto es realmente un móvil sin causa, un motivo sin fundamento. Por su influjo obramos sin objeto inteligible. Podemos modificar la proposición diciendo que bajo su influjo obramos sin una razón porque no debemos hacerlo. No puede haber en lógica una razón más anti racional, pero de hecho no hay nada más exacto. En ciertos espíritus especiales llega a ser absolutamente irresistible.
La certeza del pecado o error que un acto lleva consigo es con frecuencia la única fuerza irresistible que nos obliga a ejecutarlo.
Y esta tendencia que nos induce a hacer el mal por el mal mismo no admite análisis ni descomposición alguna. Si persistimos en ciertos actos es porque sabemos que no deberíamos persistir en ellos. Un cierto no sé qué, a que llamo perversidad, no solamente no despierta el deseo de la dicha sino más bien aparece un sentimiento completamente antagónico.
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