Examinando sus acciones y conducta, no se verá que ellos tuviesen cosa
ninguna de la fortuna más que una ocasión propicia, que les facilitó el
medio de introducir la forma que les convenía.
Sin esta ocasión, el
valor de su ánimo se hubiera extinguido pero también sin este valor, se
hubiera presentado en balde la ocasión.
Hay tanta distancia entre
saber cómo viven los hombres y saber cómo deberían vivir ellos que el
que abandona el estudio de lo que se hace para estudiar lo que sería más conveniente hacerse más bien aprende lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella.
Los hombres son tan simples que el que engaña con arte halla siempre gente que se deja engañar.
No es necesario poseer todas las virtudes, pero conviene aparente poseerlas.
Es dichoso aquel cuyo modo de proceder se halla en armonía con la
calidad de las circunstancias y no puede menos de ser desdichado aquel
cuya conducta está en discordancia con los tiempos.
Se ve que los
hombres, en las acciones que los conducen al fin que cada uno de ella se
propone, proceden diversamente, el uno con violencia, el otro con
paciencia y cada uno sin embargo, por estos medios distintos pueden
conseguirlo.
Se ve que de dos hombres moderados, el uno logra su fin
y el otro no. Lo cual no dimana de otra cosa más que de la calidad de
los tiempos que concuerdan o no con su modo de obrar. Cuando llega, para
el hombre moderado, el tiempo de obrar con impetuosidad, no sabe el
hacerlo y resulta de ello su ruina.
Si mudara la naturaleza con los tiempos y cosas, no se mudaría su fortuna.
El tiempo y la oportunidad establecen la suerte de todos.

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