El hombre no es más que un ser lleno de error. Nada le señala la
verdad. Todo lo engaña, estos dos principios de verdades, la razón y los
sentidos, no solo carecen ambos de sinceridad sino que se engañan
recíprocamente el uno al otro.
Los sentidos engañan a la razón
con falsas apariencias y esta misma estafa que hacen a la razón, la
sufren a su vez de esta: es su desquite.
Las pasiones del alma perturban los sentidos y les provocan falsas impresiones.
La imaginación, debido a una apreciación fantástica, aumenta los pequeños objetos y debido a una insolencia temeraria achica los grandes.
La vida humana no es más que una ilusión perpetua, nos dedicamos exclusivamente a interengañarnos y a interhalagarnos.
Las más de las veces solo se quiere saber algo para hablar de ellos. De otro modo no se viajaría por el mar para no decir nunca nada de él y por el exclusivo placer de ver, sin la esperanza de comunicar algo alguna vez.
No nos situamos nunca en el tiempo presente. Anticipamos el porvenir, como si llegara demasiado lentamente, como para apresurar su curso. O recordamos el pasado para detenerlo por ser demasiado rápido.
Somos tan imprudentes que erramos por tiempos que no son los nuestros y no pensamos en el único que nos pertenece y tan vanos que nos ocupamos de los que ya no son nada y dejamos escapar sin reflexión el único que subsiste. Lo apartamos de nuestra vista porque nos lastima.
Examine cada uno sus pensamientos: encontrará que todos están ocupados por el pasado o por el porvenir. Casi no pensamos en el presente y si pensamos solo lo hacemos buscando en él una luz para disponer el porvenir.
El presente nunca es nuestra finalidad: el pasado y el presente son nuestros medios, solo el porvenir es nuestro fin.
Así pues, no vivimos nunca, sino que esperamos vivir y porque siempre nos estamos disponiendo a ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca.
La naturaleza no me ofrece nada que no sea materia de duda e inquietud. Si en ella no encontrara nada que me señalara una divinidad, me inclinaría por la negativa. Si en todas partes viera las señales de un creador, reposaría pacíficamente en la fe. Pero encuentro demasiado para negar y demasiado poco para estar seguro.
La justicia sin la fuerza es impotente, la fuerza sin la justicia es tiránica. La justicia sin la fuerza es contradicha, porque hay siempre malvados.
Por lo tanto, hay que poner juntas la justicia y la fuerza, para esto hay que conseguir que lo que es justo sea fuerte.
Se puede discutir la justicia, la fuerza se la reconoce claramente y sin discusión.
Porque no se pudo conseguir que se obedeciera por la fuerza a la justicia, se llegó a que fuera justo obedecer a la fuerza, porque no se pudo fortificar la justicia, se justificó la fuerza.
La fuerza, no la opinión es la reina del mundo.
La imaginación, debido a una apreciación fantástica, aumenta los pequeños objetos y debido a una insolencia temeraria achica los grandes.
La vida humana no es más que una ilusión perpetua, nos dedicamos exclusivamente a interengañarnos y a interhalagarnos.
Las más de las veces solo se quiere saber algo para hablar de ellos. De otro modo no se viajaría por el mar para no decir nunca nada de él y por el exclusivo placer de ver, sin la esperanza de comunicar algo alguna vez.
No nos situamos nunca en el tiempo presente. Anticipamos el porvenir, como si llegara demasiado lentamente, como para apresurar su curso. O recordamos el pasado para detenerlo por ser demasiado rápido.
Somos tan imprudentes que erramos por tiempos que no son los nuestros y no pensamos en el único que nos pertenece y tan vanos que nos ocupamos de los que ya no son nada y dejamos escapar sin reflexión el único que subsiste. Lo apartamos de nuestra vista porque nos lastima.
Examine cada uno sus pensamientos: encontrará que todos están ocupados por el pasado o por el porvenir. Casi no pensamos en el presente y si pensamos solo lo hacemos buscando en él una luz para disponer el porvenir.
El presente nunca es nuestra finalidad: el pasado y el presente son nuestros medios, solo el porvenir es nuestro fin.
Así pues, no vivimos nunca, sino que esperamos vivir y porque siempre nos estamos disponiendo a ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca.
La naturaleza no me ofrece nada que no sea materia de duda e inquietud. Si en ella no encontrara nada que me señalara una divinidad, me inclinaría por la negativa. Si en todas partes viera las señales de un creador, reposaría pacíficamente en la fe. Pero encuentro demasiado para negar y demasiado poco para estar seguro.
La justicia sin la fuerza es impotente, la fuerza sin la justicia es tiránica. La justicia sin la fuerza es contradicha, porque hay siempre malvados.
Por lo tanto, hay que poner juntas la justicia y la fuerza, para esto hay que conseguir que lo que es justo sea fuerte.
Se puede discutir la justicia, la fuerza se la reconoce claramente y sin discusión.
Porque no se pudo conseguir que se obedeciera por la fuerza a la justicia, se llegó a que fuera justo obedecer a la fuerza, porque no se pudo fortificar la justicia, se justificó la fuerza.
La fuerza, no la opinión es la reina del mundo.

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