La virtud consiste principalmente en tres cosas:
La primera en conocer la naturaleza esencial de las cosas, sus relaciones y propiedades, sus causas y sus efectos.
La segunda es refrenar los movimientos del ánimo
desconcertado y hacer obediente a la razón las pasiones.
La tercera en el uso moderado y sabio de aquellos con quienes estamos asociados.
Tres cosas se han de observar en todas nuestras acciones:
La primera que la razón domine el apetito.
La segunda que se considere el justo valor de la acción que emprendemos
para no tomarnos mayor trabajo o poner menor cuidado del que pida.
La tercera que cuidemos de la moderación en todo.
Es obligación del ánimo constante y fuerte no perturbarse en los
casos adversos, ni caer de su estado, digámoslo así, por alucinarse,
sino estar siempre sobre si y no apartarse de la razón.
Es propio
de mucho entendimiento el prevenir con el pensamiento lo venidero y
tener formado juicio de lo que por una y otra parte puede acontecer, y
lo que se ha de hacer en cualquier acontecimiento, de forma que nada nos
sorprenda y no nos veamos obligados a decir: nunca tal p
ensara.
En las prosperidades, cuando la fortuna lisonjea nuestros deseos, hemos
de huir mucho de la soberbia, encono y arrogancia, porque es prueba de
flaqueza de ánimo no saber moderarse así en lo favorable como en lo
adverso y es muy laudable un mismo carácter siempre, un mismo semblante.
En las mayores felicidades es cuando más conviene valernos de los
sabios consejos de los amigos, dándoles mayor autoridad sobre nosotros
que en otra ocasiones y entonces es cuando más cuidado hemos de poner en
no dar entrada a las lenguas lisonjeras, cerrando los oídos a las
adulaciones.
En lo cual es muy fácil dejarse engañar, porque en
aquel tiempo nos tenemos por dignos de que nos alaben, de donde se
originan muchos defectos pues engreídos los hombres de falsas opiniones
cometen innumerables errores.
Es preciso reprimir y dominar las
pasiones y avivar la consideración, el cuidado y la diligencia para que
no hagamos cosas sin razón, sin consejo y sin reflexión.
Tres
cosas se han de observar en todas nuestras acciones: la primera que la
razón domine el apetito, la segunda que se considere el justo valor de
la acción que emprendemos para no tomarnos mayor trabajo o poner menor
cuidado del que pida, la tercera que cuidemos de la moderación en todo.
A todos nos arrebata y nos dejamos llevar todos por el deseo de
saber. Pero en esta curiosidad tan natural y tan noble se han de evitar
dos escollos:
Uno el tener lo incierto por averiguado y asentir a
ello temerariamente, vicio que, para evitarlo el que lo desee es
necesario que gaste tiempo y cuidado en considerar las cosas.
El otro defecto es que muchos emplean demasiado estudio y trabajo en cosas difíciles, de mucha oscuridad y de poca importancia.
Escipión siempre que hablaba de la amistad se
quejaba de que en todas las otras cosas eran más diligentes los hombres
que en esta, que cada uno podía contar las cabras y ovejas que tenía y
no los amigos, que se pone cuidado en escoger aquellas cosas y en elegir
los amigos hay mucho descuido.
Se ha de escoger a los amigos firmes, estables y constantes, de los cuales hay mucha escases y no es fácil conocerlos.
El amigo cierto en la fortuna incierta se discierne. Con todo, dos
señales hay que los convencen de flacos y ligera. Si desprecia al amigo
en la prosperidad o si lo desampara en la mala fortuna. Por lo
cual al que entrambas fortunas se muestra firme, constante e
inalterable, les podemos tener por hombre de una casta muy rara y casi
divina.
Es necesario elegir un genio sencillo, sociable y dócil.
Añádase a esto que no gusta de chistes y cavilaciones, ni de crédito a
las que oiga.
Es muy propio de un bueno guardar estos dos
principios de la amistad; el primero, que no haya en ella ficción ni
artificio, el segundo, que no solo rechace los defectos que se imputen a
su amigo, sino también que no sea suspicaz y melindroso, cavilando
siempre y juzgando que el amigo le faltó en algo. A lo cual debe juntarse cierta suavidad en el trato y las costumbre, que no es el menor aderezo de la amistad.
La amistad debe ser indulgente, franca y apacible e inclinada a toda cortesanía y afabilidad.
Las amistades antiguas son, como los vinos añejos, más agradables y es
verdadero el dicho común de que para ser perfectos amigos es menester
haber comido juntos muchos celemines del sal.
No por esto quiero
que se desechen las amistades nuevas, pero se deben mantener en su lugar
las antiguas, pues es mucha la fuerza de la antigüedad y el trato.
Se ha de precaver que las amistades no se conviertan en crueles
aborrecimientos. La única precaución y previsión de esta desgracia es
que no comencemos a amar demasiado pronto, y acaso a quienes no lo
merezcan. Se ha de amar después de haberlo pensado y no aguardar a
pensarlo después de haber amado.
Los amigos no se pedirán
recíprocamente sino lo que sea justo y honesto y se tendrán respeto:
porque desterrar el respeto de la amistad es despojarla de uno de sus
mayores adornos. Es muy perjudicial el error de aquellos que piensan
que debe haber en la amistad amplia licencia para liviandades y otros
pecados.