lunes, 28 de noviembre de 2016

Séneca


Nada hay tan dañoso como la credulidad. No creamos sino aquello que afectase a todas luces nuestros ojos y todas las veces que nuestra sospecha se nos apareciere sin fundamento reprendamos nuestra credulidad. Esta conducta severa creará en nosotros el hábito de no creer ligeramente.
De aquellos con quienes conversamos tomamos las costumbres y así como determinadas dolencias se contagian con solo el contacto corporal, de la misma manera el alma transmite sus males a las personas próximas.
Grandeza de ánimo es despreciar las injurias. No conviene verlo todo, oírlo todo. Dejemos pasar muchas injurias, cuya mayoría o las recibe quien las ignora. ¡Quieres no ser irascible! No seas curioso. El que inquiere lo que se dijo contra él y saca a ruedo conversaciones malignas provoca el mismo su propia inquietud.
Nada te permitas en el calor del enojo. El mejor remedio de la ira es la dilación. Todo está perdido cuando la fortuna permite todo lo que la cólera aconseja.
Somos malos y vivimos entre malos. Una sola cosa puede darnos la quietud: un convenio de tolerancia mutua.
Nada nació tan débil que perezca sin peligro del que lo aplasta.
A nadie que mire lo ajeno le contante lo propio, de ahí nos viene la irritación contra los dioses porque otro nos ventaja, olvidándonos de la multitud de hombres que nos siguen detrás.
La infelicidad asidua tiene esta ventaja: que aquellos a quienes veja de continuo termina por curtirlos.
Es grave la fortuna solo para aquellos a quienes es repentina. Así la llegada del enemigo derriba a quienes toma por sorpresa, pero aquellos que se preparan para la futura guerra, bien ordenados y dispuestos, fácilmente resisten el primer arremetimiento, que suele ser vehementísimo.
Nunca yo me fié de la fortuna ni aun cuando parecía acercárseme en son de paz, todo los viene que me confería con grandísima indulgencia puse en lugar de donde ella pudiera retirarlos., cuando quisiera, sin ninguna inmutación mía.

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