Talleyrand
Jean Orieux
Vergara, 1989
Jean Orieux
Vergara, 1989
Talleyrand no se opone a los acontecimientos, no les hace frente, no rompe con los hechos, los explota. Siempre busca la compensación, descubre la ganancia que le deja lo que pierde. Solo valora la fuerza que resiste los obstáculos: instalado en su derecho fatiga a los atacantes con su inmovilidad, los vence por desgaste. Su paciencia desalienta, el obstáculo se disuelve y Talleyrand queda intacto.
No responde nunca a quienes tienen ideas diferentes a las de él. Por múltiples razones. Ante todo, toda discusión, que es un enfrentamiento, le parece inconveniente; luego, es inútil. Nunca se ha visto que uno de los interlocutores quedarse convencido por el otro. Por el contrario, son miles lo que se separan molestos y más obstinados que nunca. Por último, hay en él una perfecta indiferencia hacia lo que piensan los demás. Nunca sintió deseos de que lo convencieran y menos aún de convencer a nadie.
Nada tiene de ideólogo. No cree en el valor absoluto y perdurable de una idea o un juicio. Las mejores ideas son las que llevan al éxito ¿para qué exponerlas? Se guarda silencio y se las pone en práctica. En la prueba de los hechos se juzga su valor.
Siempre escucha y no discute nunca, se abstiene de contradecir y si desaprueba, su sonrisa es la que lo deja adivinar. Se lo acusa de no hacer nada porque no se lo ve agitarse, procede con suavidad, con lentitud, con dulzura. Atenúa los golpes, diluye las oposiciones, apacigua las violencias.
Talleyrand no sentía rencor porque olvidaba las ofensas, las argucias de las cuales podía ser víctima. Es indiferente a las calumnias y a las injurias. Para él el pasado carece de valor. Apegarse a ello no es solo una debilidad sino un error: es tiempo perdido.
Habla según su propio temperamento: ponderación, lentitud, orden y suavidad. Juzga a los hombres con indulgencia y a los acontecimientos con sangre fría. Nunca se apresura. Llega a todo porque aprovecha las ocasiones que se ofrecen, en cantidades, a quienes no ejercen violencia sobre la buena suerte.
Se adapta a todo y a todos: su flexibilidad asusta. Se deja modelar y remodelar sin escrúpulos y sin incomodarse por todas las circunstancias. El mundo es lo que es, el estado actual no durará porque nada dura, sobre todo lo que es excesivo. Pero no actúa para apresurar los desenlaces. Su paciencia es infinita. Cuando ve que se forma la corriente, se mete en el agua y la sigue, se mantiene tan cerca de la cabeza que terminará por guiarla, pero no manda en ella.
Para él la espera nunca es tiempo perdido: los pensamientos maduran, los litigios se extinguen, los términos se atenúan, los contrarios se reúnen. Todo lo que se concibe y se realiza sin la colaboración del tiempo envejece mal y envejece pronto.
Talleyrand siempre vivió peligrosamente. La amenaza y la inseguridad eran, para esa naturaleza blanda, los excitantes violentos que necesitaba para actuar. El miedo le es un sentimiento ajeno, si es de una prudencia extrema, lo es por habilidad, no por cobardía. Esta valentía tranquila, esta especie de indiferencia sublime que ofrecía a los peligros, a las injurias, a los ataques, a los fracasos no era una máscara, sino el fondo mismo de su personalidad.

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