La inocencia moderna habla del poder como si fuera uno: de
un lado los que lo poseen, del otro los que no lo tienen. Habíamos creído que el poder era un objeto ejemplarmente político
y ahora creemos que es también un objeto ideológico, que se infiltra hasta allí
donde no se lo percibe a primera vista, en las instituciones, en las
enseñanzas, porque, en suma, es siempre uno.
Pero ¿y si el poder fuera plural?: hay por doquier y en todos
todos los rincones jefes, aparatos, masivos y minúsculos, grupos de opresión o
de presión, por doquier voces autorizadas, que se autorizan para hacer escuchar
el discurso de todo poder: el discurso de la arrogancia.
Adivinamos entonces que el poder está presente en los más
finos mecanismos del intercambio social, no solo en el Estado, las clases, los
grupos sino también en las modas, las opiniones corrientes, los espectáculos,
los juegos, los deportes, las informaciones, las relaciones familiares y
privadas. Y hasta en los accesos liberadores que tratan de impugnarlo.
Llamo discurso de poder a todo discurso que engendra la
falta y por ende la culpabilidad del que lo recibe. El combate contra los poderes no es un combate fácil porque,
plural en el espacio social, el poder es simétricamente perpetuo en el tiempo histórico,
expulsado, extenuado aquí, reaparece allá, jamás perece, hecha una revolución para
destruirlo prontamente va a revivir y a rebrotar en el nuevo estado de las
cosas.
La razón de esta resistencia y de esta ubicuidad es que el
poder es el parasito de un organismo transocial, ligados a la intensa historia
del hombre y no solamente a su historia política. Aquel objeto en el que se inscribe el poder desde toda la
eternidad humana es el lenguaje o para ser más precisos, su expresión obligada:
la lengua.
El lenguaje es una legislación, la lengua es su código. No
vemos el poder que hay en la lengua porque olvidamos que toda lengua a es una clasificación
y que toda clasificación es opresiva.
Un idioma se define menos por lo que permite decir que por
lo que obliga a decir. Estoy obligado a elegir entre el masculino y el femenino
y me son prohibidos lo neutro y lo complejo.
Estoy obligado a marcar mi relación con el otro mediante el
recurso ya sea el tú o el usted, se me niega la suspensión afectiva o social. Hablar
no es comunicar, sino sujetar, toda lengua es una acción rectora generalizada.

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