La actitud científica es en cierto modo no natural en el hombre. La mayoría de nuestras opiniones son realizaciones de deseos. La mente de los más razonables de entre nosotros puede ser comparada con un mar tormentoso de convicciones apasionadas basadas en el deseo, sobre ese mar flotan, arriesgadamente, unos cuantos botes pequeñitos que transportan un cargamento de creencia demostradas científicamente.
Los seres humanos encuentran difícil basar sus opiniones en pruebas, prefieren basarla en las propias esperanzas. En materias en la que la verdad no es averiguable nadie admite que haya la más ligera posibilidad del más pequeño error un sus opiniones. Cuanta menos razón tiene un hombre para suponerse en lo cierto tanta mayor vehemencia emplea para afirmar que no hay duda alguna de que posee la verdad absoluta.
El método científico intenta llegar a opiniones en las que los deseos no intervienen. Si cierta hipótesis es verdadera, entonces tales y cuales hechos serán observables. Ahora bien, si estos hechos son observados consiguientemente, la hipótesis es probablemente verdadera. Si pudiéramos probar que ninguna otra hipótesis es compatible con los hechos observados podríamos llegar a la certeza pero esto es apenas posible.
En general no habrá método para pensar en todas las hipótesis posibles o si lo hay se encontrará que más de una de ellas es compatible con los hechos. Cuando sucede esto, el hombre de ciencia adopta la más sencilla y solo acude a la hipótesis más complicadas cuando nuevos hechos prueban que la hipótesis más sencilla es inadecuada.


