La suerte desestabiliza el equilibrio entre destino y merecimiento. Debemos tomar siempre decisiones basadas en un conocimiento limitado, en una información fragmentaria, por este motivo estamos inevitablemente a merced de la suerte.
Una fuerza que supera nuestro control práctico dispone el curso de los acontecimientos. Los hombres viven a merced de fuerzas que no pueden dominar. Los resultados de muchos de nuestros actos dependen de circunstancias ajenas a nuestro control. Cuando las cosas salen tal como hemos planeado con frecuencia es por buena suerte más que por planificación y ejecución racional. Nuestros planes mejor trazados se frustran por motivos totalmente ajenos a nuestro control.
Si las cosas salen mal a menudo se debe más a la mala suerte que a la incompetencia. Suerte significa buena o mala fortuna adquirida por azar. El papel del azar en los asuntos humanos es decisivo. La suerte impide que la vida humana se someta por completo a la gestión racional.
La suerte vuelve difícil dirigir nuestra vida mediante la planificación.
Si la suerte no nos sonríe en un proyecto podemos fracasar aunque hagamos todas las cosas bien. Siempre existe la posibilidad de que el esfuerzo no encuentre el éxito que merece. La suerte interviene cuando nos ocurren cosas importantes por casualidad.
Tanto afortunados como infortunados se plantean la vieja pregunta: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? La respuesta correcta es: nada. Es una mera cuestión de azar. La suerte no funciona por medio de motivos compensatorios.
El resultado de los actos depende del modo fortuito en que salen las cosas. No somos dueños de nuestro destino. Si algo que no podemos prever redunda en nuestro beneficio tenemos suerte y si redunda en nuestro perjuicio tenemos mala suerte.
Cuando las cosas buenas se obtienen del modo acostumbrado mediante el esfuerzo o cuando las cosas malas suceden por culpa de errores no interviene la suerte. La suerte significa que sucede algo bueno o malo que está fuerza del horizonte de nuestra previsión.
La suerte implica que alguien recibe un bien o un mal en forma fortuita, inesperada e imprevisible. Con buena suerte obtenemos algo a cambio de nada, de forma inmerecida. Aquello que nos brinda la suerte es un regalo, si la suerte interviene no se requiere ninguna inversión de talento, ni esfuerzo y no hay en juego ningún mérito.
Tenemos mucha suerte cuando las cosas salen bien a pesar de nuestra inacción o a pesar de nuestras acciones erróneas. Y tenemos mucha mala suerte cuando las cosas salen mal a pesar de haber hecho lo correcto.
Los resultados que dependen del azar no son controlados ni determinados por nadie. No tiene sentido maldecir nuestra suerte pues nada ni nadie es responsable de ella. Si la suerte es producto del azar nadie es responsable de ella. Si hubiera una razón por la cual un suceso fortuito favoreció a una parte por encima de otra el resultado dejaría de ser fortuito.
En cuestiones de suerte la idea de justicia o injusticia es inaplicable. Una persona no puede tener suerte de manera justa o injusta, así como no puede tener suerte de manera inteligente o necia. La suerte depende del azar y por definición el azar excluye la inteligencia, la justicia y otras formas de racionalización.
El merecimiento no tiene nada que ver con los sucesos afortunados o infortunados. El merecimiento y el resultado a menudo están desconectados. No hay conexión estable entre el resultado de nuestros actos y nuestro merecimiento.
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