Tras las aventuras de la primera juventud el corazón se cierra a la simpatía. Al perder los compañeros de la infancia uno se ve reducido a pasar la vida con conocidos indiferentes, midiéndo siempre las consideraciones de interés y vanidad.
Poco a poco se resecan la ternura y la generosidad y antes de cumplir los treinta años se encuentra uno que sus emociones se han petrificado.
En medio de este árido desierto el amor hace brotar un manantial que surge con sentimientos más frescos que los de la infancia.
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