martes, 24 de octubre de 2017

Aaron Beck



Nunca podemos en realidad conocer el estado de ánimo, los pensamientos y los sentimientos de los otros. Confiamos en señales a menudo ambiguas para que nos informen acerca de las actitudes y deseos de los demás. Usamos nuestro propio sistema de códigos para descifrar dichas señales.
El grado en que creemos en nuestra exactitud para adivinar los motivos de otra persona no está en relación con la verdadera previsión de nuestra opinión. La adivinación del pensamiento puede generar predicciones inexactas. Al buscar señales para darse cuenta de lo que ocurre en la mente de otra persona corremos el riesgo de elaborar explicaciones erróneas y extraer conclusiones equivocadas.
Como los estados internos de otra persona están fuera del alcance de nuestros sentidos, confiamos en nuestra suposiciones sobre lo que podemos observar. Los problemas se originan porque tendemos a creer tanto en nuestras inferencias como en lo que observamos directamente.
Resulta decisivo distinguir las verdaderas causas de lo que hacen los demás. Puesto que esa compresión es tan importante leemos constantemente sus pensamientos y automáticamente consideramos las conjeturas como hechos. Hay una tendencia a sacar conclusiones rápidas a base de fragmentos de pruebas. Llegamos a un juicio repentino en el leve hilo de una prueba.
Si pudiéramos evaluar todos los hechos en una situación dada antes de llegar a una conclusión seria menos probable que cometiéramos errores. Sin embargo, rara vez tenemos el tiempo necesario para efectuar deducciones lógicas. Tenemos que confiar en una rápida interpretación, leer las señales. Una vez que se asigna un significado a un suceso es probable que se acepte como válido sin confirmar su exactitud.

lunes, 9 de octubre de 2017

La filosofía de Epicuro



El edificio filosófico de Epicuro descansa en la necesidad de calmar la angustia del hombre en este mundo. La condición básica para disfrutar de la tranquilidad epicúrea es aceptar los hechos naturales tal como son. Los errores y los engaños sobre el mundo y sobre nosotros mismos son los que constituyen la fuente de las desgracias humanas, por eso el problema del error y de la verdad se convierte en un punto fundamental de la doctrina epicúrea.

La causas de las desgracia es una mala interpretación que hacemos nosotros de los hechos objetivos. Por tanto, si el origen de las desgracias se halla en nosotros mismo entonces mediante una preparación adecuada se pueden disminuir los errores y vivir tranquilo.

Epicuro busca una solución para asegurar que el hombre sea feliz.  Ve que todos temen al sufrimientos y al dolor y para acallar este miedo se engañan a si mismo con falsas ideas sobre los bienes que persiguen y lo  males que intentar evitar. La mente del hombre se ve enturbiada por muchas ideas vanas y es la causa de que sea desgraciado.

Como el placer es la completa ausencia de pena y ansiedad, el placer se constituye una indicación de lo que es apropiado o inapropiado para la naturaleza del hombre. Por lo tanto el bien es buscar el placer y evitar el dolor. Pero no se deben elegir todos los placeres, porque muchos comportan consecuencias desagradables.

La felicidad, en tanto ausencia de pena, depende del ejercicio del juicio. Debemos meditar sobre las cosas que nos reportan felicidad. No hay que elegir todos los placeres. El placer lo necesitamos cuando su ausencia nos causa dolor, pero cuando la ausencia de placer no produce dolor no tenemos necesidad del placer. Tampoco debemos elegir los placeres cuando de ellos se sigue un trastorno mayor.

Cada placer es un bien, pero no hay que elegirlos todos. Lo que hace la vida agradable es el juicio certero que examina las causas de cada acto de elección o aversión y sabe guiar nuestras opiniones lejos de aquella que llenan el alma de inquietud. El bien máximo es el juicio. No existe una vida feliz sin que sea el mismo tiempo juiciosa.

viernes, 6 de octubre de 2017

¿Kleist?


La gente alaba mucho la reflexión, en especial la reflexión prolongada y a sangre fría antes de la acción. La reflexión encuentra su momento mucho más idóneo después que antes de la acción. Si entra en juego antes o en el momento decisivo, parece confundir, inhibir o reprimir la fuerza necesaria para la acción. Es después, cuando ya se ha realizado la acción, cuando debe sentir la necesidad de reflexionar, tomar conciencia de lo que ha sido defectuoso o débil en su conducta.
La vida misma es una lucha con el destino y la acción se parece a la lucha libre: en el momento en que agarras al adversario el atleta no puede en modo alguno obrar de acuerdo con otras consideraciones que las inspiraciones momentáneas.
Cualquier luchador que haya calculado que músculo debe ejercitar al máximo y que miembros a poner en movimiento a fin de vencer, será derribado. Después, cuando yace en el suelo, puede ser útil reflexionar sobre que acometida debió hacer para mantenerse en pie.

Stephen Vizinczey

Solo percibimos aquellos que queríamos saber desde el principio, nuestras necesidades psicológicas forman nuestras creencias. Razonamos para distorsionar la realidad, aceptando, rechazando o deformando los hechos de la vida para adaptarlos a nuestras inclinaciones. Todos rehacemos el mundo a la imagen de nuestros sentimientos.

Stendhal


Tras las aventuras de la primera juventud el corazón se cierra a la simpatía. Al perder los compañeros de la infancia uno se ve reducido a pasar la vida con conocidos indiferentes, midiéndo siempre las consideraciones de interés y vanidad.
Poco a poco se resecan la ternura y la generosidad y antes de cumplir los treinta años se encuentra uno que sus emociones se han petrificado.
En medio de este árido desierto el amor hace brotar un manantial que surge con sentimientos más frescos que los de la infancia.