viernes, 28 de julio de 2017

Antonio Gramsci

11 de febrero de 1917
La actividad científica es una cuestión que implica un esfuerzo fantástico; quien es incapaz de construir hipótesis nunca será un científico. También en la actividad política hay una gran parte para la imaginación; pero en la actividad política, la hipótesis no es de hechos inertes, de materia opaca a la vida; la imaginación en política tiene como elementos a los hombres, a la sociedad de los hombres, al dolor, a los afectos, a las necesidades de la vida de los hombres. Si un científico se equivoca en su hipótesis, no es tan grave, después de todo: se pierde una cierta cantidad de riqueza, de cosas: una solución se precipita, un globo se revienta.
Si el hombre político se equivoca en su hipótesis, es la vida de los hombres la que corre peligro, es el hambre, es la rebelión, es la revolución para no morirse de hambre. En la vida política, la actividad de la imaginación debe estar iluminada por una fuerza moral: la simpatía humana; y queda ensombrecida por el diletantismo, igual que entre los científicos.
El diletantismo que en este caso es falta de profundidad espiritual, falta de sensibilidad, falta de simpatía humana. Porque si se miden adecuadamente las necesidades de los hombres de una ciudad, de una región, de una nación, es necesario sentir esas necesidades; es necesario poder representar concretamente en la imaginación a esos hombres mientras viven, mientras trabajan a diario, representar su sufrimiento, sus dolores, los dolores de la vida que se ven obligados a vivir. Si no se posee ese poder de dramatización de la vida, no se pueden intuir las medidas generales y particulares que armonicen las necesidades de la vida con la disponibilidad del Estado. Si se desarrolla una acción en la vida, hay que saber prever la reacción que despertará, las repercusiones que tendrá. Un hombre político es grande en la medida de su poder de predicción: un partido político es fuerte en la medida de la cantidad de hombres con esa fuerza de los que dispone.
Uno de los caracteres italianos, y quizás el más maléfico para la eficiencia de la vida pública de nuestro país, es el definido por la falta de imaginación dramática. Cada medida es un anticipo de la realidad, es una previsión implícita. La toma de medidas es tanto más útil cuanto más se acerque a la realidad. Y para que eso suceda es necesario que el trabajo preparatorio sea completo, que en el trabajo preparatorio no se haya descuidado ninguna hipótesis, y de las infinitas hipótesis posibles se hayan descartado las que no resisten la prueba de la representación dramática.
Por lo tanto, las autoridades italianas, el gobierno, las autoridades provinciales, las ciudadanas, hasta ahora no han decretado medidas que no hayan llegado tarde, no han promovido una medida que no haya tenido que ser modificada para ser más pronto o más tarde anulada, porque en lugar de proveer, lo que hacía era recrudecer el malestar. No han conseguido armonizar la realidad, porque han sido incapaces de armonizar antes, en el pensamiento, los elementos de la realidad misma. Ignoran la realidad, ignoran la Italia que está formada por hombres que viven, trabajan, sufren, mueren. Son diletantes: no tienen simpatía alguna por los hombres. Son retóricos llenos de sentimentalismo, no hombres que sienten de manera concreta. Obligan a sufrir innecesariamente.
La multitud es ignorada por los hombres del gobierno, por los burócratas provincianos y de las ciudades. Son crueles porque su imaginación no imagina el dolor que la crueldad termina por despertar. No saben cómo imaginar el dolor de los demás, por eso son innecesariamente crueles.
No han previsto la importancia, la profundidad de los efectos inmediatos y lejanos. No han sentido el dolor: han creado el caos, han dejado que los más fuertes se aprovecharan económicamente, han dejado que lo poco que había se desperdigara. Han impuesto que el pan fuera así y así; en cuanto se ha publicado el decreto, las víctimas se han dado cuenta de que estaba mal, ¿por qué no se han dado cuenta los responsables? ¿Por qué no se representaron en el pensamiento a estas víctimas? ¿por qué no se dieron cuenta de que habría víctimas? Limitan el horario de uso del gas: no se preocupan por el hecho de que sólo dos horas de gas significa no poder preparar la comida para los que trabajan.

viernes, 21 de julio de 2017

Apocalipsis de San Juan

San Juan Evangelista era hijo de Zebedeo, un pescador de Galilea, y de Salomé, quien frecuentaba el círculo de discípulos de Jesús. Juan Evangelista fue, junto a su hermano San Santiago Apóstol, uno de los primeros apóstoles de Cristo. Jesús llamaba a Santiago y a Juan «hijos del trueno» por su carácter impetuoso. Ellos dos, junto con San Pedro, constituían el núcleo más íntimo del maestro. Fue San Juan Evangelista quien, con la Virgen María, se encontraba al pie de la cruz cuando murió Cristo.
Tras la resurrección de Jesús, San Juan Evangelista ocupó una posición relevante entre los discípulos. La historia posterior es incierta y se encuentra oscurecida por las leyendas. Se cree que fue responsable de la evangelización de Asia Menor, por lo cual recibió el castigo de los romanos.
San Juan escribió su Evangelio y sus Epístolas en Éfeso (Asia menor) y el Apocalipsis en la isla de Patmos, en el mar Egeo. La palabra griega apocalipsis es traducida como “revelación”. La palabra significa revelar, dar a conocer.
La primera sección está compuesta por las cartas dirigidas a siete iglesias de la provincia romana de Asia. La segunda sección está formada por una complicada serie de visiones, cuyo argumento se desarrolla en el cielo. Sobre este fondo se van revelando las cosas que han de acontecer al final de los tiempos, cuando Dios haga manifiesto el triunfo de su reino eterno.
Esquema del contenido:
1. Los mensajes a las siete iglesias 
2. Los siete sellos 
3. Las siete trompetas 
4. Las señales simbólicas 
5. Las siete copas 
6. Las visiones del juicio 
7. La nueva Jerusalén
1. Los mensajes a las siete iglesias
Está compuesta por las cartas dirigidas a siete iglesias de la provincia romana de Asia.
2. Los siete sellos
Juan describe una puerta abierta en el cielo y una invitación de una gran voz para “subir” con el fin de que se le muestren las cosas “que han de ser después de estas”. Juan vio al Padre sobre Su trono y a su alrededor hay 24 “tronos” más ocupados por “veinticuatro ancianos”.
El primer sello 
Examinemos ahora el primer sello: “Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer”.
El segundo sello 
Cuando se abre el segundo sello, aparece un caballo rojo: “Cuando abrió el segundo sello, salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada”
El tercer sello 
El tercer sello se abre y aparece un caballo negro, símbolo del hambre: “Cuando abrió el tercer sello, salió un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Y oí una voz que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino”.
El cuarto sello 
La apertura del cuarto sello revela un caballo amarillo, el cual representa pestilencia o enfermedad: “Cuando abrió el cuarto sello, salió un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra”.
El quinto sello 
La apertura del quinto sello no revela un caballo. En su lugar, da una breve visión en conjunto de los futuros problemas mundiales en la historia.
El sexto sello 
A continuación viene el sexto sello: “Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento”.
El séptimo sello
“Cuando abrió el séptimo, se hizo silencio en el cielo como por media hora. Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas”.
Un ángel diferente tomó un incensario “…y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto”.
3. Las siete trompetas
Las siete trompetas son el “contenido” del séptimo sello.
Trompeta 1
La primera trompeta causa granizo y fuego mezclado con sangre, que destruye mucha de la vida vegetal en el mundo. Los incendios irán en aumento en todo el mundo y un tercio de los árboles y los bosques serán quemados. Todos los campos verdes, cultivos y pasto serán quemados.
Trompeta 2
La segunda de las siete trompetas trae lo que parece ser un gran meteorito que se precipita en el mar, causando la muerte de mucha de la vida marina del mundo. Juan describe algo así como que una gran montaña que arde arroja fuego al mar. La tercera parte del mar se convertirá en sangre y como un tercio de las criaturas del mar morirán. La tercera parte de las naves en el mar serán destruidas.
Trompeta 3
Una estrella gigante cae del cielo, ardiendo como una antorcha. La tercera parte de las aguas dulces en la tierra se volverá amarga. Muchas personas beberán el agua envenenada y morirán. La tercera trompeta es similar a la segunda trompeta, excepto que afecta los lagos y los ríos del mundo, en vez del mar.
Trompeta 4
Con la 4 Trompeta la tercera parte del sol, la luna y las estrellas se oscurecen. Tanto el día y la noche se ven afectados. El humo y el material expulsado de las tres primeras trompetas oscurecerán el aire y el cielo. Entonces, la cuarta de las siete trompetas ocasiona que el sol y la luna se oscurezcan.
Trompeta 5 – primer ay
Una plaga de “langostas demoníacas” ataca y torturan a la humanidad. Las langostas se parecen a caballos preparados para la batalla, llevan en la cabeza coronas como de oro, tienen rostro como de hombres, cabello como de mujer, sus dientes como de león. Llevan corazas como de hierro. El rumor de sus alas es como el fragor de muchos carros corriendo a la batalla. Tienen colas como de escorpión, como aguijones y en la cola poder para hacer daños a los hombres.
Trompeta 6 – Segundo ay
La sexta trompeta libera a un ejército de demonios que matan a un tercio de la humanidad.
Trompeta 7 – Tercer ay
La séptima trompeta da paso a los siete ángeles con las siete copas de la ira de Dios. Hay un segundo terremoto en todo el mundo. Se acompaña de ruidos, truenos y relámpagos.
4. Las señales simbólicas
Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.
Otra señal también apareció en el cielo: un gran dragón escarlata que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas tenía siete diademas. Su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciera. Ella dio a luz un hijo varón, que va a regir a todas las naciones con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono. La mujer huyó al desierto, donde tenía un lugar preparado por Dios para ser sustentada allí por mil doscientos sesenta días.
Entonces hubo una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón. Luchaban el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. Fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él.
Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila para que volara al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo. El dragón arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que fuera arrastrada por el río. Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y se tragó el río que el dragón había echado de su boca. Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer y se fue a hacer la guerra contra el resto de la descendencia de ella, contra los que guardan los mandamientos de Dios.
Entonces, Juan vio salir del mar una fiera como con diez cuernos y siete cabezas. La fiera de la visión parecía un leopardo, con patas como de oso y boca como de león. El dragón le delegó su poder, su trono y una autoridad grande. Todo el mundo admirado seguía a la fiera y adoraba al dragón que dio su autoridad a la fiera.
Juan vio subir de la tierra otra fiera, con dos cuernos como de cordero, que hablaba como dragón. Ejercía toda la autoridad de la primera fiera en su presencia, y obligaba a todos los habitantes de la tierra a adorar a la primera fiera. A todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, hace que les pongan una marca en la mano derecha o en la frente de modo que el que no lleve la marca con el nombre de la fiera o con los números de su nombre no pueda comprar ni vender. El número de la fiera es el número de una persona y equivale a 666.
5. Las visiones del juicio
Vino uno de los siete ángeles que tenían las siete copas y habló con Juan diciendo: «Ven acá y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas. Con ella han fornicado los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación».
Dice Juan: "Me llevó al desierto, y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, adornada de oro, piedras preciosas y perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación. En su frente tenía un nombre escrito, un misterio: «Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.» Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires".
Dice Juan: "Cuando la vi quedé asombrado con gran asombro. El ángel me dijo: «¿Por qué te asombras? Yo te diré el misterio de la mujer y de la bestia que la lleva, la cual tiene siete cabezas y diez cuernos. La bestia que has visto era y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición. Los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será".
»Esto, para la mente que tenga sabiduría: Las siete cabezas son siete montes sobre los cuales se sienta la mujer, y son siete reyes. Cinco de ellos han caído; uno es y el otro aún no ha venido, y cuando venga deberá durar breve tiempo. La bestia que era y no es, es también el octavo, y es uno de los siete y va a la perdición. Los diez cuernos que has visto son diez reyes que aún no han recibido reino; pero recibirán autoridad como reyes por una hora, juntamente con la bestia. Estos tienen un mismo propósito: entregarán su poder y autoridad a la bestia. Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados, elegidos y fieles.»
“También me dijo: «Las aguas que has visto, donde se sienta la ramera, son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas. Y los diez cuernos que viste, y la bestia, aborrecerán a la ramera, la dejarán desolada y desnuda, devorarán sus carnes y la quemarán con fuego. Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo y dar su reino a la bestia hasta que se hayan cumplido las palabras de Dios. Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra.”
“Oí un ruido en el cielo: como ruido de agua torrencial, como ruidos de muchos truenos, como de muchos arpistas tocando sus arpas. Vi otro ángel volando por lo más alto proclamando con vos potente: “Respeten a Dios y dénle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo y la tierra y el mar y los manantiales”.
“Vi una nube blanca y en la nube sentada una figura humana, con una corona de oro en la cabeza y en la manos una hoz afilada. El que estaba sentado en la nube metió la hoz en la tierra y la tierra quedó segada”.
6. Las siete copas
“Después vi como se habría el templo en el cielo y oí una voz potente que salia del templo y decía a los ángeles: Vayan a derramar a la tierra las siete copas de la ira de Dios”.
La primera copa causa la aparición de dolorosas úlceras malignas en la humanidad. 
La segunda copa provoca la muerte de todo ser viviente en el mar. 
La tercera copa causa que los ríos se conviertan en sangre. 
La cuarta de las siete copas ocasiona que el calor del sol se intensifique al grado de quemar y causar gran dolor. 
La quinta copa causa una gran oscuridad y el aumento del dolor por lo que ocasionó la primera copa. 
La sexta copa seca el río Éufrates para dar paso a los ejércitos del anticristo que se habían reunido para librar la gran batalla de Armagedón. 
La séptima copa produce en un devastador terremoto seguido por granizos gigantes.
Dice Juan: “Del templo y del trono salió una voz potente que decía: ¡Se terminó!. Después vi bajar del cielo a otro ángel, con gran autoridad y la tierra se deslumbró con su resplandor. Grito con voz potente: ¡Cayó, cayó la Gran Babilonia. Vi el cielo abierto y allí un caballo blanco. Lo monta un jinete cuyos ojos son llama de fuego y en el cabello lleva muchas diademas. Las tropas celestes lo siguen cabalgando blancos caballos. De su boca sale una espada afilada para herir a las naciones”.
“Vi un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y una enorme cadena en la mano. El ángel sujetó al dragón, lo encadenó y lo arrojo al abismo. Cerró y selló por fuera. Vi un trono grande y blanco y a uno sentado en él. Se abrió el libro de la vida y los muertos fueron juzgados por sus obras. El mar devolvió a sus muertos. Muerte y abismo devolvieron a sus muertos, y cada uno fue juzgado según sus obras”.
7. La nueva Jerusalén
"Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir".
El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!» Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza». También me dijo: «Ya todo está hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que salga vencedor heredará todo esto, y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican artes mágicas, los idólatras y todos los mentirosos recibirán como herencia el lago de fuego y azufre».
Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas con las últimas siete plagas. Me habló así: «Ven, que te voy a presentar a la novia, la esposa del Cordero». Me a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios. Resplandecía con la gloria de Dios, y su brillo era como el de una piedra preciosa, semejante a una piedra de jaspe transparente. Tenía una muralla grande y alta, y doce puertas custodiadas por doce ángeles.
El ángel que hablaba conmigo llevaba una caña de oro para medir la ciudad. La ciudad era cuadrada; medía lo mismo de largo que de ancho. El ángel midió la ciudad con la caña, y tenía dos mil doscientos kilómetros: su longitud, su anchura y su altura eran iguales. La muralla estaba hecha de jaspe, y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas. Las doce puertas eran doce perlas, y cada puerta estaba hecha de una sola perla. La calle principal de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente.
No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo. La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. Las naciones caminarán a la luz de la ciudad, y los reyes de la tierra le entregarán sus espléndidas riquezas. Sus puertas estarán abiertas todo el día, pues allí no habrá noche. Y llevarán a ella todas las riquezas y el honor de las naciones. Nunca entrará en ella nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino solo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero.

lunes, 17 de julio de 2017

Francesco Alberoni



Si amar el prójimo es un deber, entonces, el amor no es una inclinación espontánea. Es un imperativo ético, una opción de la voluntad. Pero ¿podemos imponernos el deber de amor a alguien y sentir simpatía por él?

No, no podemos. El amor y la simpatía son sentimientos espontáneos que no se pueden provocar a voluntad.  Yo puedo intentar amar a mi enemigo pero como máximo podré alguna acción a su favor. Podré desechar todos los malos pensamientos que me pasen por la cabeza, podré hasta darle mi dinero pero no podré provocar en mi ternura y simpatía ni amistad sincera.

Entonces, la moral no puede pedirnos afectos sino solo acciones. La acción moral se hace solo por deber en contra de las inclinaciones propias y de los sentimientos propios. Pero si actuamos siempre de ese modo obligándonos a hacer acciones desagradables ¿no perdemos el placer espontáneo de hacer el bien? Para actuar así debemos deformar nuestra sensibilidad y mortificar nuestra espontaneidad.

Francesco Alberoni

En general la experiencia de los demás no nos sirve en absoluto. No podemos aplicarla a nuestro caso porque la sentimos ajena. Todos aquellos que han experimentado determinadas situaciones quisieran transmitir todo lo aprendido a los demás. Pero por lo general esta transferencia es imposible.
Nos sentimos capaces de influir en las circunstancias más adversas y de tener éxito ahí donde otros han fracasado. Por eso la experiencia de los demás carece de valor. En realidad no logramos siquiera aprovecharnos de nuestra propia experiencia. Repetimos los mismos errores, nos colocamos en las mismas situaciones, reanudamos los mismos juegos como si siguiéramos el mismo libreto.
Ni siquiera cuando reflexionamos sobre nuestro pasado somos objetivos. Deformamos el recuerdo, lo falseamos, lo embellecemos o lo empeoramos.

martes, 11 de julio de 2017

Antonio Gramsci, “Odio a los indiferentes”

ODIO a los indiferentes. Creo, como Friedrich Hebbel, que «vivir significa tomar partido». No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes.
La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más sólida, mejor que las corazas de sus guerreros, que se traga a los asaltantes en su remolino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones los hace desistir de cualquier empresa heroica.
La indiferencia opera con fuerza en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar, lo que altera los programas, lo que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal) puede generar no es tanto debido a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos. Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar, deja promulgar leyes que después sólo la revuelta podrá derogar, deja subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar.
La fatalidad que parece dominar la historia no es otra cosa que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Los hechos maduran en la sombra, entre unas pocas manos, sin ningún tipo de control, que tejen la trama de la vida colectiva, y la masa ignora, porque no se preocupa. Los destinos de una época son manipulados según visiones estrechas, objetivos inmediatos, ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos, y la masa de los hombres ignora, porque no se preocupa. Pero los hechos que han madurado llegan a confluir; pero la tela tejida en la sombra llega a buen término: y entonces parece ser la fatalidad la que lo arrolla todo y a todos, parece que la historia no sea más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que son víctimas todos, quien quería y quien no quería, quien lo sabía y quien no lo sabía, quien había estado activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría escaparse de las consecuencias, querría dejar claro que él no quería, que él no es el responsable. Algunos lloriquean compasivamente, otros maldicen obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: Si yo hubiera cumplido con mi deber, si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, mis ideas, ¿habría ocurrido lo que pasó? Pero nadie o muy pocos culpan a su propia indiferencia, a su escepticismo, a no haber ofrecido sus manos y su actividad a los grupos de ciudadanos que, precisamente para evitar ese mal, combatían, proponiéndose procurar un bien.
La mayoría de ellos, sin embargo, pasados los acontecimientos, prefiere hablar del fracaso de los ideales, de programas definitivamente en ruinas y de otras lindezas similares. Recomienzan así su rechazo de cualquier responsabilidad. Y no es que ya no vean las cosas claras, y que a veces no sean capaces de pensar en hermosas soluciones a los problemas más urgentes o que, si bien requieren una gran preparación y tiempo, sin embargo, son igualmente urgentes. Pero estas soluciones resultan bellamente infecundas, y esa contribución a la vida colectiva no está motivada por ninguna luz moral; es producto de la curiosidad intelectual, no de un fuerte sentido de la responsabilidad histórica que quiere a todos activos en la vida, que no admite agnosticismos e indiferencias de ningún género.
Odio a los indiferentes también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho. Y siento que puedo ser inexorable, que no tengo que malgastar mi compasión, que no tengo que compartir con ellos mis lágrimas.
Soy partisano, vivo, siento en la conciencia viril de los míos latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos, en ella nada de lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino a la obra inteligente de los ciudadanos. En ella no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio; y el que aún hoy está en la ventana, al acecho, quiere sacar provecho de lo poco bueno que las actividades de los pocos procuran, y desahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque ha fallado en su intento.
Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso odio a los indiferentes.