miércoles, 30 de noviembre de 2016

Séneca (2)


Ante todo deberemos examinarnos a nosotros mismos, luego los negocios a emprender y finalmente, aquellas personas por quien o con quien los emprendamos.
Lo primero es menester que cada uno tantee su capacidad porque con harta frecuencia nos persuadimos poder más de lo que realmente podemos.
El uno exigió a su patrimonio más de lo que podía resistir, el otro con trabajoso oficio extenuó su enfermizo cuerpo. A algunos su timidez los hace poco idóneos para los negocios civiles que requieren osada frente, otros no señorean la ira y cualquier pinchazo los exalta hasta decir palabras temerarias, algunos no saben poner límites a su humor caustico y no se abstienen de peligrosas chocarrerías.
Tras esto, debemos sopesar las obras que emprendemos y cotejar nuestras fuerzas con las empresas que vamos a tentar.
A cada cual puede suceder lo que puede suceder a otro. El que atendiese a los males ajenos y se persuadiere que tiene expedito el camino para llegar a él, ese tal se armará mucho antes de ser acometido. Convéncete, pues, que todo estado es mudable y que lo que sobrevino a uno puede caer también encima de ti.
Las fuerzas de la adversidad quebranta quien las previene.
Debemos hacernos flexibles y no entregarnos con demasiada tozudez a las determinaciones que tomamos y pasar a aquellas que el azar nos condujere y no hemos de temer las mudanzas de proyecto o de situación.
Lo primero que hay que determinar es que deseamos y luego determinar en derredor porque comino podemos ir allá con mayor celeridad.
Nada hemos de procurar tanto como no seguir la manada de los que nos preceden, yendo no allá donde se ha de ir, sino donde va todo el mundo.
No hay cosa alguna que nos implique en mayores males que el de acomodarnos al qué dirán de la gente, creyendo que es mejor aquellos que acepta el consenso general y de lo cual se nos ofrece copiosos ejemplos.
Así que nuestra vida se rige no por la razón, sino por el remedo. De ahí proviene ese gran tropel de hombres que se precipitan los uso encima de los otros.
Tiene su peligros pegarse a los que van caminando delante y como cada cual prefiere creer que juzgar, jamás se juzga de la vida, sino que siempre se da crédito a los otros y el error transmitido de uno a otro nos hace vacilar y caer. Perecemos por el ejemplo ajeno, nos curamos si nos separamos de la multitud.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Séneca


Nada hay tan dañoso como la credulidad. No creamos sino aquello que afectase a todas luces nuestros ojos y todas las veces que nuestra sospecha se nos apareciere sin fundamento reprendamos nuestra credulidad. Esta conducta severa creará en nosotros el hábito de no creer ligeramente.
De aquellos con quienes conversamos tomamos las costumbres y así como determinadas dolencias se contagian con solo el contacto corporal, de la misma manera el alma transmite sus males a las personas próximas.
Grandeza de ánimo es despreciar las injurias. No conviene verlo todo, oírlo todo. Dejemos pasar muchas injurias, cuya mayoría o las recibe quien las ignora. ¡Quieres no ser irascible! No seas curioso. El que inquiere lo que se dijo contra él y saca a ruedo conversaciones malignas provoca el mismo su propia inquietud.
Nada te permitas en el calor del enojo. El mejor remedio de la ira es la dilación. Todo está perdido cuando la fortuna permite todo lo que la cólera aconseja.
Somos malos y vivimos entre malos. Una sola cosa puede darnos la quietud: un convenio de tolerancia mutua.
Nada nació tan débil que perezca sin peligro del que lo aplasta.
A nadie que mire lo ajeno le contante lo propio, de ahí nos viene la irritación contra los dioses porque otro nos ventaja, olvidándonos de la multitud de hombres que nos siguen detrás.
La infelicidad asidua tiene esta ventaja: que aquellos a quienes veja de continuo termina por curtirlos.
Es grave la fortuna solo para aquellos a quienes es repentina. Así la llegada del enemigo derriba a quienes toma por sorpresa, pero aquellos que se preparan para la futura guerra, bien ordenados y dispuestos, fácilmente resisten el primer arremetimiento, que suele ser vehementísimo.
Nunca yo me fié de la fortuna ni aun cuando parecía acercárseme en son de paz, todo los viene que me confería con grandísima indulgencia puse en lugar de donde ella pudiera retirarlos., cuando quisiera, sin ninguna inmutación mía.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Máximas

Cada uno hace su fortuna por sus costumbres.

A los fuertes no solo les ayuda la fortuna sino mucho mas la razón.

Cuando se manda que nos dominemos a nosotros mismos, lo que se pretende es que la razón domine a la temeridad.

El miedo humilla, el abatimiento, la afliccion atormenta y devora el ánimo y de todo punto le abate y rinde.

Si no nos libramos de el, si no conseguimos ahuyentarle, jamás podremos estar exentos de la miseria.

El hombre debe estar prevenido siempre para todos los casos humanos y en esto consiste la mas excelente sabiduria: no creer que nada pueda dejar de suceder, aunque no haya sucedido todavía.

Cuando las cosas son favorables, debemos meditar de que modo podríamos sobrellevar los golpes adversos.

martes, 15 de noviembre de 2016

Cicerón


La virtud consiste principalmente en tres cosas:
La primera en conocer la naturaleza esencial de las cosas, sus relaciones y propiedades, sus causas y sus efectos.
La segunda es refrenar los movimientos del ánimo
desconcertado y hacer obediente a la razón las pasiones.
La tercera en el uso moderado y sabio de aquellos con quienes estamos asociados.

Tres cosas se han de observar en todas nuestras acciones:
La primera que la razón domine el apetito.
La segunda que se considere el justo valor de la acción que emprendemos para no tomarnos mayor trabajo o poner menor cuidado del que pida.
La tercera que cuidemos de la moderación en todo.


Es obligación del ánimo constante y fuerte no perturbarse en los casos adversos, ni caer de su estado, digámoslo así, por alucinarse, sino estar siempre sobre si y no apartarse de la razón.

Es propio de mucho entendimiento el prevenir con el pensamiento lo venidero y tener formado juicio de lo que por una y otra parte puede acontecer, y lo que se ha de hacer en cualquier acontecimiento, de forma que nada nos sorprenda y no nos veamos obligados a decir: nunca tal pensara.

En las prosperidades, cuando la fortuna lisonjea nuestros deseos, hemos de huir mucho de la soberbia, encono y arrogancia, porque es prueba de flaqueza de ánimo no saber moderarse así en lo favorable como en lo adverso y es muy laudable un mismo carácter siempre, un mismo semblante.

En las mayores felicidades es cuando más conviene valernos de los sabios consejos de los amigos, dándoles mayor autoridad sobre nosotros que en otra ocasiones y entonces es cuando más cuidado hemos de poner en no dar entrada a las lenguas lisonjeras, cerrando los oídos a las adulaciones.
En lo cual es muy fácil dejarse engañar, porque en aquel tiempo nos tenemos por dignos de que nos alaben, de donde se originan muchos defectos pues engreídos los hombres de falsas opiniones cometen innumerables errores.

Es preciso reprimir y dominar las pasiones y avivar la consideración, el cuidado y la diligencia para que no hagamos cosas sin razón, sin consejo y sin reflexión.

Tres cosas se han de observar en todas nuestras acciones: la primera que la razón domine el apetito, la segunda que se considere el justo valor de la acción que emprendemos para no tomarnos mayor trabajo o poner menor cuidado del que pida, la tercera que cuidemos de la moderación en todo.

A todos nos arrebata y nos dejamos llevar todos por el deseo de saber. Pero en esta curiosidad tan natural y tan noble se han de evitar dos escollos:

Uno el tener lo incierto por averiguado y asentir a ello temerariamente, vicio que, para evitarlo el que lo desee es necesario que gaste tiempo y cuidado en considerar las cosas.

El otro defecto es que muchos emplean demasiado estudio y trabajo en cosas difíciles, de mucha oscuridad y de poca importancia.

Escipión siempre que hablaba de la amistad se quejaba de que en todas las otras cosas eran más diligentes los hombres que en esta, que cada uno podía contar las cabras y ovejas que tenía y no los amigos, que se pone cuidado en escoger aquellas cosas y en elegir los amigos hay mucho descuido.

Se ha de escoger a los amigos firmes, estables y constantes, de los cuales hay mucha escases y no es fácil conocerlos.

El amigo cierto en la fortuna incierta se discierne. Con todo, dos señales hay que los convencen de flacos y ligera. Si desprecia al amigo en la prosperidad o si lo desampara en la mala fortuna. Por lo cual al que entrambas fortunas se muestra firme, constante e inalterable, les podemos tener por hombre de una casta muy rara y casi divina.

Es necesario elegir un genio sencillo, sociable y dócil. Añádase a esto que no gusta de chistes y cavilaciones, ni de crédito a las que oiga.

Es muy propio de un bueno guardar estos dos principios de la amistad; el primero, que no haya en ella ficción ni artificio, el segundo, que no solo rechace los defectos que se imputen a su amigo, sino también que no sea suspicaz y melindroso, cavilando siempre y juzgando que el amigo le faltó en algo.  A lo cual debe juntarse cierta suavidad en el trato y las costumbre, que no es el menor aderezo de la amistad.

La amistad debe ser indulgente, franca y apacible e inclinada a toda cortesanía y afabilidad.
Las amistades antiguas son, como los vinos añejos, más agradables y es verdadero el dicho común de que para ser perfectos amigos es menester haber comido juntos muchos celemines del sal.

No por esto quiero que se desechen las amistades nuevas, pero se deben mantener en su lugar las antiguas, pues es mucha la fuerza de la antigüedad y el trato.

Se ha de precaver que las amistades no se conviertan en crueles aborrecimientos. La única precaución y previsión de esta desgracia es que no comencemos a amar demasiado pronto, y acaso a quienes no lo merezcan. Se ha de amar después de haberlo pensado y no aguardar a pensarlo después de haber amado.

Los amigos no se pedirán recíprocamente sino lo que sea justo y honesto y se tendrán respeto: porque desterrar el respeto de la amistad es despojarla de uno de sus mayores adornos. Es muy perjudicial el error de aquellos que piensan que debe haber en la amistad amplia licencia para liviandades y otros pecados.