Ante todo deberemos examinarnos a nosotros mismos, luego los negocios a emprender y finalmente, aquellas personas por quien o con quien los emprendamos.
Lo primero es menester que cada uno tantee su capacidad porque con harta frecuencia nos persuadimos poder más de lo que realmente podemos.
El uno exigió a su patrimonio más de lo que podía resistir, el otro con
trabajoso oficio extenuó su enfermizo cuerpo. A algunos su timidez los
hace poco idóneos para los negocios civiles que requieren osada frente,
otros no señorean la ira y cualquier pinchazo los exalta hasta decir
palabras temerarias, algunos no saben poner límites a su humor caustico y
no se abstienen de peligrosas chocarrerías.
Tras esto, debemos sopesar las obras que emprendemos y cotejar nuestras fuerzas con las empresas que vamos a tentar.
A cada cual puede suceder lo que puede suceder a otro. El que atendiese a los males ajenos y se persuadiere que tiene expedito el camino para llegar a él, ese tal se armará mucho antes de ser acometido. Convéncete, pues, que todo estado es mudable y que lo que sobrevino a uno puede caer también encima de ti.
Las fuerzas de la adversidad quebranta quien las previene.
Debemos hacernos flexibles y no entregarnos con demasiada tozudez a las determinaciones que tomamos y pasar a aquellas que el azar nos condujere y no hemos de temer las mudanzas de proyecto o de situación.
Lo primero que hay que determinar es que deseamos y luego determinar en derredor porque comino podemos ir allá con mayor celeridad.
Nada hemos de procurar tanto como no seguir la manada de los que nos preceden, yendo no allá donde se ha de ir, sino donde va todo el mundo.
No hay cosa alguna que nos implique en mayores males que el de acomodarnos al qué dirán de la gente, creyendo que es mejor aquellos que acepta el consenso general y de lo cual se nos ofrece copiosos ejemplos.
Así que nuestra vida se rige no por la razón, sino por el remedo. De ahí proviene ese gran tropel de hombres que se precipitan los uso encima de los otros.
Tiene su peligros pegarse a los que van caminando delante y como cada cual prefiere creer que juzgar, jamás se juzga de la vida, sino que siempre se da crédito a los otros y el error transmitido de uno a otro nos hace vacilar y caer. Perecemos por el ejemplo ajeno, nos curamos si nos separamos de la multitud.
Tras esto, debemos sopesar las obras que emprendemos y cotejar nuestras fuerzas con las empresas que vamos a tentar.
A cada cual puede suceder lo que puede suceder a otro. El que atendiese a los males ajenos y se persuadiere que tiene expedito el camino para llegar a él, ese tal se armará mucho antes de ser acometido. Convéncete, pues, que todo estado es mudable y que lo que sobrevino a uno puede caer también encima de ti.
Las fuerzas de la adversidad quebranta quien las previene.
Debemos hacernos flexibles y no entregarnos con demasiada tozudez a las determinaciones que tomamos y pasar a aquellas que el azar nos condujere y no hemos de temer las mudanzas de proyecto o de situación.
Lo primero que hay que determinar es que deseamos y luego determinar en derredor porque comino podemos ir allá con mayor celeridad.
Nada hemos de procurar tanto como no seguir la manada de los que nos preceden, yendo no allá donde se ha de ir, sino donde va todo el mundo.
No hay cosa alguna que nos implique en mayores males que el de acomodarnos al qué dirán de la gente, creyendo que es mejor aquellos que acepta el consenso general y de lo cual se nos ofrece copiosos ejemplos.
Así que nuestra vida se rige no por la razón, sino por el remedo. De ahí proviene ese gran tropel de hombres que se precipitan los uso encima de los otros.
Tiene su peligros pegarse a los que van caminando delante y como cada cual prefiere creer que juzgar, jamás se juzga de la vida, sino que siempre se da crédito a los otros y el error transmitido de uno a otro nos hace vacilar y caer. Perecemos por el ejemplo ajeno, nos curamos si nos separamos de la multitud.